martes, 15 de agosto de 2017

El poeta es un repetidor

Comenzaba este año redescubriendo a los clásicos, y así dejaba constancia de ello en la primera de las entradas de este blog, recién estrenado dos mil diecisiete. Ahora veo que sigo instalado en una dinámica similar, después de un verano alérgico a playas y piscinas, contagiado de búsquedas, con la mirada puesta en rematar el poemario de nueva factura que me tiene completamente alienado desde hace casi tres años. Cuando ya va atisbándose la luz al final de tantas jornadas de inseguridad y dudas, de íntimas batallas, ando de regreso a territorios de experiencia, a páginas que ofrecen esa garantía en medio del desorden al que uno se siente empujado en medio de tanta marejada literaria. Viajar a Ginebra habría sido solo una excusa para releer a Borges, para desempolvar la poesía de Neruda, que no muy lejos, en la cercana Nyon, vivió la clandestinidad de una turbulenta pasión con Matilde Urrutia, destinataria después de sus "Cien sonetos de amor". He vuelto a sentirme cómodo entre estas páginas, atrapado por su lenguaje y sus historias, a la búsqueda de una atmósfera tolerante con la referida tarea de pulido y rubricado que exige la finalización de todo libro de poemas que pretende ir más allá y hacer olvidable cualquier obra propia anterior. También el cine habría tenido mucho que ver en la creación de ese microcosmos, destinado a ubicar al escritor, a semejanza del náufrago que recala en su isla sin otra compañía que la de sus obsesiones. Un cine de planos interminables, de hipnóticas referencias musicales, donde la acción se desenvuelve a pautadas dosis, donde las imágenes y el diálogo transportan a otras épocas, a travesías personales y artísticas propias de un concepto circular de la historia.  A propósito de ello, me ha sorprendido la reflexión que Vila-Matas hace en el libro "Mac y su contratiempo" y que considero acertadamente ocurrente: "El poeta es un repetidor. Los que no han necesitado más que escribir un libro o ninguno para aprobar y pasar de curso no se hallan como nosotros, todavía obligados a seguir intentándolo". Eso es, continuar buscando esa ruta que efectivamente conduzca a alguna parte. Por eso me he sentido identificado con muchos de los planteamientos argumentales de Borges o con la libertad creativa derrochada a borbotones en los extraordinarios poemas de Poeta en Nueva York, que nunca dejarán de sorprenderme. Siempre habrá tanto que aprender... En palabras de García Lorca"Son mentira los aires. Solo existe una cunita en el desván que recuerda todas las cosas". Su particular "Aleph", acaso, ese punto del espacio que contiene todos los puntos, el infinito todo. 





domingo, 30 de julio de 2017

Crónica sentimental del ferrocarril en Extremadura

Siempre me ha gustado viajar en tren. De hecho, ha sido el medio de transporte que he preferido, por encima de los demás. Por eso me entristece ver lo que está pasando en Extremadura y espero que quienes tengan responsabilidad en ello hagan lo posible para que cuanto antes esta situación cambie radicalmente. Es ésta ciertamente una historia triste, de abandonos y olvidos, en la que el romanticismo de las vías y el traqueteo de los vagones se bajaron hace tiempo en una estación cualquiera. Echaré mano pues de recuerdos y memoria. La primera vez que con claridad me veo a bordo de un vagón en un recorrido a través de la vasta Extremadura se remonta hasta los años setenta del pasado siglo, en un itinerario que ya solo pertenece a la nostalgia. La antigua línea "Ruta de la Plata", discurría siguiendo los pasos de la legendaria calzada romana y unía por ferrocarril Extremadura con el norte de España. Más allá de Plasencia, se escapaba de las lindes extremeñas a través de los montes de Hervás, con Baños de Montemayor como última estación antes de pisar tierras salmantinas. 



Antiguas tarjetas postales (década de 1920), en las que aparecen los trenes que cubrían la ruta ferroviaria más allá de Plasencia y rumbo a Salamanca y el norte de España, atravesando las sierras de Hervás y Baños de Montemayor. 

Precisamente de allí partía mi tren en aquel agosto caluroso de hace más de cuarenta años, rumbo a Cáceres, y yo, en esos vagones de segunda, distribuidos en departamentos, donde las horas de viaje terminaban creando un microcosmos único entre los viajeros, proclive a historias no pocas veces susceptibles de servir como argumento para una iniciar una novela. Recuerdo cuando atravesábamos los "túneles del Tajo", esa laberíntica obra de ingeniería ideada para salvar los accidentes naturales de los ríos Tajo y Almonte, en el punto donde precisamente el segundo se abraza a su hermano mayor, dificultada en suma a causa de los avatares del Pantano de Alcántara, que a finales de los sesenta inundó toda la zona histórica y arqueológica de Alconétar, dejando como únicos testigos la solitaria Torre de Floripes, erguida en medio de las aguas, y el viejo puente, trasladado piedra a piedra para evitar que fuera engullido por éstas, como ocurrió con los otros que antaño marcaban los senderos de la carretera y el ferrocarril, e incluso la antigua estación de Río Tajo. 


Antigua estación de Río Tajo, antes de ser inundada por las aguas del Pantano de Alcántara, ya con las vías del ferrocarril retiradas. 


Torre de Floripes, desde la ruta ferroviaria que atraviesa el embalse de Alcántara, en la actualidad. 

Muchas veces he pasado después por estos mismos lugares y nunca he dejado de sorprenderme ante la visión de este enorme lago interior a través del cual el tren zigzaguea y gira sobre sí mismo varias veces, hasta desembocar en la llanura que conduce a la capital cacereña. Hoy contemplamos cómo se cierran los arcos de los que serán los nuevos viaductos por los que un día habrán de circular los añorados trenes del AVE, pero no sin cierto desasosiego al pensar que ese momento no acaba de llegar y que el recorrido por los meandros del Tajo sigue siendo el mismo que cuando las aguas inundaron estas tierras. Así, mientras entramos y salimos de los túneles, aprovechemos para comprobar si el nivel del embalse deja ver más metros de la vieja torre templaria, superviviente de lo que fuera el castillo de Alconétar.  En todo caso, más allá de Plasencia, vías y estaciones permanecen como testigos del tren que un día abría sus puertas para el tránsito de viajeros y mercancías hacia latitudes más septentrionales, abriendo a su vez las de la propia Extremadura. 



Antiguas Postales (década de 1920), donde vemos la estación de Baños de Montemayor, con los viajeros aguardando la llegada del tren, y los viejos trenes de vapor en su tránsito junto a la hospitalaria ciudad de Plasencia. 

Tras ese primer viaje, a primeros de los ochenta del pasado siglo, subí a otro tren, esta vez con destino Madrid. Eran los tiempos de los trenes "TER", poco después reemplazados por los primeros Talgos, que cubrieron esta línea durante mucho tiempo con una satisfacción y prestaciones que a día de hoy gran cantidad de usuarios echan de menos. Esa ruta y yo terminamos manteniendo un auténtico idilio, personal y literario. Años de idas y venidas, de sentimientos itinerantes, de palabras compartidas. Creo haber subido a bordo de todos los modelos y equipamientos que cubrieron esta línea a lo largo de este tiempo. De todos ellos, ya lo decía antes, me quedo con la eficacia y comodidad de los Talgos, con sus vagones rojo-plata, con su cafetería y sus sándwiches, su película y sus auriculares. He perdido la cuenta de los viajes que hice acomodado en sus butacas, escuchando música o leyendo un libro, mientras avanzaban las estaciones. 


  Antiguo Billete para tren "Ter", en el trayecto Talavera de la Reina a Cáceres, en los años ochenta del pasado siglo. 


Solitaria locomotora en la estación de Cáceres, 
en la década de 1980. 

No faltaron  mis retornos a Cáceres en el único tren que entonces comunicaba las capitales de los dos países ibéricos, aquel "Lusitania Express" que los míticos Coup de Soup convirtieran en protagonista de una de sus canciones y que en el verano circulaba atestado de jóvenes viajeros que recorrían Europa mediante Interrail. Ya hace unos años que también dejó de circular y el tren detiene su recorrido en la estación de Valencia de Alcántara, dejando huérfana una línea que inauguraran en su día los soberanos de ambos reinos, como muestra de sus deseos de cercanía y buena vecindad. Partía el "Lusitania" de Chamartín en torno a las 11 de la noche y pisaba Cáceres pasadas las tres de la madrugada. Aún recuerdo las primeras veces que subí a él, sus vagones con departamentos, el restaurante, casi Orient Express, con su menú hispano-luso, los funcionarios de policía que recorrían el convoy pidiendo la documentación a los viajeros... Vinieron luego otros vagones más modernos, locomotoras de mayor tracción, perdiendo aquel encanto inicial. RENFE mantuvo el servicio "Tren Hotel" desde Madrid a Lisboa pero ya sin pasar por Extremadura. No quiero pensar que pudieran tener la culpa de ello incidentes como el que viví en primera persona, en junio de 2012, cuando el tren colisionó cerca de Navalmoral de la Mata con una res que atravesaba la vía.  



Imágenes del Tren Hotel "Lusitania", el 23 de junio de 2012, después del impacto con una vaca.

No he dejado de utilizar el ferrocarril, pero sí percibo que ese romanticismo que me inspiraba se ha ido difuminando con todos los cambios habidos en estos años. Extremadura se merece un tren acorde con los tiempos que vivimos, que no haga añorar el que un día tuvo, que vuelva a abrir de par en par sus puertas a cuantos viajeros quieran visitarla y disfrutarla, sin sobresaltos ni trayectos interminables, impropios del siglo en que nos encontramos. Larga viene haciéndose la espera. 


Trenes del siglo XIX en la línea que iba hasta Portugal
(tarjeta estereoscópica, hacia 1880).

Todas las imágenes e ilustraciones proceden del archivo personal del autor. 




sábado, 22 de julio de 2017

Historias de libros y librerías

El verano es época propicia para la lectura y también para opinar sobre libros. Muchos podemos por fin disponer de ese ocio tan añorado y que invertimos en devorar aquellas publicaciones que teníamos aparcadas en los estantes de la biblioteca. También es momento para visitar librerías, reconciliarse con viejos autores  admirados e igualmente, dejarse seducir por otros nombres, por otras páginas. En mis días en Ginebra, no olvidé pasarme por sus librerías. Hay de todo, y para satisfacer cualquier capricho, aunque no siempre al alcance de todos los bolsillos. En la ciudad vieja, en plena Grand Rue, se encuentra la librería de viejo por excelencia, la que sería protagonista de un relato o imagen en una película, algo así como la "Shakespeare and Company" de París. En el escaparate, joyas y piezas de museo que no pasan inadvertidas para el bibliófilo. La tentación de conocer su importe me impulsa a entrar e indagar (en francés) a la librera, acerca del ejemplar de "Una temporada en el infierno", de Arthur Rimbaud, al que inmediatamente se me han ido los ojos, edición del siglo XIX en perfecto estado de conservación. Su respuesta, sin demasiada sorpresa, anula cualquier posibilidad de imaginar ese libro entre mis ediciones clásicas de poetas de culto: ¡quince mil francos suizos!... Doy una vuelta por la librería, que ciertamente alberga material de primera clase, no apto para aficionados como yo, y cortésmente me despido con un amigable "au revoir", no sin alabar la calidad de sus volúmenes y pensar que ciertamente, se antojaría inmoral la adquisición de cualquiera de estos libros en un mundo que bulle y se despereza más allá de la inmovilidad de las estanterías. 


Librairie ancienne, en la Grand Rue. En su escaparate, ejemplares de Rimbaud, André Bréton, Maquiavelo...

Bajando hasta la Plaza Bourg du Four, me encuentro cerrada la librería Jullien, otra de las emblemáticas de esta ciudad. Son las 13 horas y aquí los horarios son bien distintos a los de España. No demasiado lejos, sí está abierta la franquicia de Harley Davidson, que sin ser librería, también comercializa el mito, esta vez, el "american road spirit" ligado a tan icónica marca, en un edificio igualmente destacado, con su propio "duende".


Tienda de Harley Davidson, en el edificio donde se encuentra la estatua de Gondebaud, rey de los borgoñones, instalada en 1957. 

Pero no abandonemos el itinerario de las librerías. En él cabe destacar sin duda "Le Parnasse", en la Rue de la Terrassière. Su dueño, Marco, italiano afincado en Ginebra, es muy amable, y habla un francés muy fácilmente inteligible. Hablamos de poesía suiza, de autores ginebrinos, de literatura española. Me cita a Borges, y recuerda que junto a él, en el Cementerio de Plainpalais, reposa la escritora, pintora y prostituta Griselidis Real, de la que me muestra un libro. Le respondo, también en un francés estereotipado, que me había sorprendido su tumba junto a la del escritor argentino y que no sabía de quién se trataba. Me dice que de España, le gusta mucho Vila Matas, y de hecho, en el escaparate tiene varios de sus libros. "Mac y su contratiempo" precisamente es de los que me aguardan en estos días de verano. Marco tiene su versión en francés y me insiste en que el autor barcelonés es uno de sus favoritos. Finalmente, elijo la poesía y adquiero dos de los libros que el librero me recomienda. Uno es el premio de la Asociación de Escritores de Ginebra, en formato muy "Colección Adonais", el otro me recuerda a las ediciones de la editorial sevillana "Renacimiento". Leer poesía escrita en un idioma extraño no siempre es tarea fácil. En francés me resulta más cercana, pero no por ello no tendré dificultades. 


Para leer poesía en francés.


Tumba de la escritora y prostituta Griselidis Real, junto a la de Jorge Luis Borges

Pocos metros más allá nos topamos con una librería dedicada exclusivamente al cine. Tiene de todo: pósters, postales, películas, bandas sonoras, y por supuesto libros. Reconozco el de André de Dienes sobre Marilyn Monroe, que tengo en mi biblioteca. Mucho material sobre Audrey Hepburn y Charlie Chaplin; es lógico, vivieron mucho tiempo en Suiza y aquí quisieron quedarse. Termino mi recorrido cerca de donde se encuentra la singular escultura dedicada a la criatura de Frankenstein, que la escritora Mary Shelley imaginó precisamente durante su estancia en estos parajes, en la mítica "Villa Diodati"


Frankenstein, en la ciudad que le vio nacer. 

Una última librería en el Boulevard Georges Favon nos devuelve a esa mixtura entre el libro "de viejo" y los últimos productos editoriales. Mucho material, muchas mesas y anaqueles, García Lorca y García Márquez traducidos al francés. De nuevo Vila Matas ocupando un lugar prominente en el escaparate. Algún otro libro incrementará el peso de mi equipaje, no exento ya de otros títulos que han querido veranear conmigo. "El baile del diablo", de Javier Pérez Menéndez, preside mis propuestas poéticas. 


Más que recomendable, el último poemario publicado por Javier Sánchez Menéndez, libro de cabecera en estos días. 

No dejé atrás a Norbania, con todo su universo de autores y contenidos. Quise que me acompañara en la visita a la mítica casa donde Lord Byron y sus amigos dieron rienda suelta a sus efluvios creativos. Dicen que algo siempre queda. 


Con Norbania 7, en Villa Diodati. 

sábado, 15 de julio de 2017

Tras las huellas de Borges, en Ginebra

Decía Jorge Luis Borges que, "de todas las ciudades del mundo, Ginebra le parecía la más propicia a la felicidad", y así consta en la placa situada en la Grand Rue, en la casa donde se encontraba residiendo cuando murió, en 1986. Había dicho también: "sé que volveré a Ginebra, quizá después de la muerte del cuerpo", y es que de hecho, ya no la abandonaría, pues sus restos reposan en el llamado Cementerio de los Reyes, en Plainpalais, junto a los de otros personajes no menos relevantes por unas u otras razones. El autor de obras esenciales como "El Aleph" o "Ficciones", poeta siempre, como así declaraba, "un poeta torpe, pero un poeta", vivió un íntimo idilio con la ciudad del lago, como antes otros, cuyo recuerdo igualmente aún perdura. 


Placa en la casa donde vivió Jorge Luis Borges, en la Grand Rue, de Ginebra.




Vista de la Grand Rue, Ginebra. 

Releer al escritor argentino con motivo de visitar la ciudad en la que fue feliz, treinta años después de su partida, me resultaba una tarea inexcusable. Es incontestable su aportación a la literatura en lengua española, reconocida en 1979 con la concesión del Premio Cervantes, que compartió con otro ilustre, Gerardo Diego. Lo que uno pretende no es sino aprender, indagar los senderos del genio, empaparse de su experiencia vital.


Portada de la edición antológica de Jorge Luis Borges, publicada en 2017 por la Real Academia Española. 


Tumba de Borges, en el cementerio de Plainpalais, Ginebra. 

En Ginebra la presencia borgiana es constante y su biografía digna de ser protagonista de un relato en cualquiera de sus obras, pues en él confluyen las cualidades de héroe o inmortal, armado con la espada de la palabra. Sus ojos, los de María Kodama, su compañera y luego viuda, debieron allanar más de una vez las pronunciadas pendientes que conducen a la vieille ville, donde compartió vecindad con el pensador Rousseau, cuya casa natal no dista mucho de la que habitó el escritor. Pero debieron ser muchos los momentos de reflexión, de búsqueda interior, de liberación acaso de la tormenta del pensamiento, que hubo de pasar en alguno de los numerosos espacios verdes de la ciudad. Sorprende la imagen de un Borges sentado ante las imponentes y turbadoras efigies que componen el Muro de los Reformadores, como si sus maltrechas pupilas pudieran enfocar las de Calvino y sus acompañantes, que parecen mirarle igualmente. Tras ver esa foto, me invadió la tentación de saber qué tipo de comunicación podía estar fraguándose entre ambas partes, el maestro y los colosos, la imaginación y el desafío a la ortodoxia. Reza en la piedra la leyenda "Post tenebras, lux", o lo que es lo mismo, la luz surge después de la oscuridad. Quizá sea eso lo que persiguiera el narrador, el poeta bonaerense, la iluminación, si no en sentido literal, al menos en el de comunión espiritual que compromete al autor con su obra, o como inyección de placidez con que vestir ese tramo de la existencia desde el que se contempla toda ella sin lastres ni ataduras. 



Persiguiendo la serenidad de Borges, 
sentado ante el Muro de los Reformadores, en Ginebra

domingo, 25 de junio de 2017

Las páginas de una revista nos contemplan. Bitácora de lo vivido.

Los tiempos cambian, "the times they are a-changin", que diría el inefable Bob Dylan, último Premio Nobel de Literatura. Y cambian mucho, si advertimos las pistas que van dejando a lo largo de esa travesía in itinere. De aquí hacia atrás, rememorando las secuencias del viaje, uno se siente en la piel de Odiseo. Si en la anterior entrada de este blog, mis líneas eran para celebrar un reencuentro, en la de hoy, la mirada abarca la perspectiva de ese particular transbordo hasta la soñada Ítaca de la experiencia, donde cada episodio está llamado a permanecer escrito en el perenne tejido de la memoria. El pasado sábado presentábamos el último número de Norbania, Revista de Literatura y Creación, en una gala literario musical celebrada en "El Corral de las Cigüeñas", ese acogedor espacio al aire libre que se yergue intramuros del Cáceres medieval y que lleva abierto toda la vida, al menos, aquella de la que tengo recuerdos. Por ese local de la Cuesta de Aldana han pasado pues testigos de varias generaciones, y añosos son también los tentáculos de la hiedra que por doquier se extiende, encaramada a sus muros. Norbania es en todo caso una obsesión superviviente, como antes lo había sido Oropéndola, aunque ésta tuvo su ciclo, paralelo al fragor de la universidad, que con su ulterior diáspora, quizá pasó a los dominios de la memoria demasiado pronto. Cada tiempo es propicio para una empresa, y ésta requiere la elección de los vientos más idóneos, que hagan la travesía cómoda y fructífera. La Revista Oropéndola coexistió con publicaciones como Residencia, Gálibo, Alfares, Égloga, Retazos... y otras tantas que aprovecharon esas corrientes favorables en un momento que fue único e irrepetible. 




Portadas de las Revistas Residencia y Oropéndola, editadas en la década de los ochenta del pasado siglo, en Cáceres. 

Norbania surge también en una coyuntura permeable a la irrupción de iniciativas particulares que trataban de abrirse paso frente a los planteamientos rígidos de la llamada cultura oficial. Quienes apostamos por volver a intentar la edición de una revista en papel, en plena era digital, éramos precisamente algunos de los mismos que participábamos entonces en aquellas aventuras universitarias, quienes compartíamos sansones de cerveza en el Mesón Extremeño o asistíamos a tertulias literarias en locales icónicos como La Machacona o La Torre de Babel




Postales publicitarias de "El Corral de las Cigüeñas" y "La Machacona", realizadas en los años ochenta del siglo XX. 


¿Por qué será que muchos de quienes ayer vibraron con la presentación de Norbania pasaron ya de la cincuentena? A ellos se han incorporado vástagos de otras generaciones que vienen pisando con fuerza. Les corresponderá continuar en el empeño de mantener viva la llama de esa cultura de la gente, al margen de encorsetados patrones institucionales.  En todo caso, qué sensación la de tararear de nuevo aquel inmortal estribillo de los Coup de Soup y bailar a ritmo de ska y rumba, como hacíamos "cuando éramos más jóvenes...". 


Audio de "Nunca nos habíamos besado en un pub", del grupo cacereño Coup de Soup, incluido en su disco 
"Sonetos amorosos portugueses" (1986).


Portada del número 1 de Norbania, diciembre 2011.


La escritora Inma Chacón, en la Feria del Libro de 2014, mostrando el número 5 de Norbania, en el que colaboró junto a otras 28 autoras e ilustradoras. 


Número 7 de Norbania, presentado el pasado 24 de junio.



domingo, 11 de junio de 2017

Que treinta años no es nada...

No hay mejor forma de reconciliarse con uno mismo que volviendo a las raíces. Porque hay momentos, lugares, experiencias, y sobre todo personas, que han contribuido a hacernos como hoy somos. Han girado y girado las manecillas del reloj, volado las hojas del calendario, pero nada ha conseguido debilitar los vínculos que un día supimos construir; antes al contrario, el tiempo ha sabido engrasarlos con su óleo, haciéndolos todavía más fuertes. Ya mediado este mes de junio de adelantado verano, la ciudad de Cáceres se convertía de nuevo en escenario para el reencuentro. Treinta años después de aquel otro fin de curso pródigo de incertidumbres y urgencias, los componentes de la X Promoción de Derecho de la Universidad de Extremadura volvían a congregarse a las puertas de la que fuera su Facultad, en el Palacio de la Generala, allí donde los Adarves comienzan a estrecharse, frente a las erguidas torres albarranas de la muralla cacereña. 


Fotografía de grupo de la X Promoción de Derecho, 
junto al Palacio de la Generala


Al completo, los asistentes al evento conmemorativo de los 30 años de la finalización de la Carrera de la X Promoción de Derecho de Cáceres 

Todos los recuerdos continúan intactos, aunque la configuración interior y los usos del edificio hayan cambiado: las viejas aulas, con su ergonomía y aspecto industrial, el vertiginoso puente que atravesaba el patio, el alicatado de los pasillos, la biblioteca, la cafetería... No podemos negar las evidencias, éstas se encuentran escritas en nosotros mismos, pues insobornable es el azote de la edad, pero ahora, la complicidad de nuestras miradas ha hecho posible una vez más el milagro, porque quienes formamos parte de todo aquello hemos sabido prescindir del barómetro de los años y mantener viva una época y unos sentimientos cuya vitalidad no ha perdido ni un ápice de su fortaleza. Tiene este grupo una especie de arcano que lo hace verdaderamente singular y quien esto escribe se siente orgulloso de haber sido uno más en esta singladura. Nuestro sigue siendo aquel legendario Cáceres de los ochenta, el de los pisos de estudiantes, con su bullicio, el de la calle de los bares, el de las tunas. Los caminos de la vida son inescrutables, pero seguro que no tendrá que pasar otro lustro para que se repita una jornada como la de ayer. Lástima las ausencias, los rostros cuyas pistas se perdieron más allá de las deslucidas imágenes de la orla, los que  anticipadamente nos dejaron. No importan ni cuentan los almanaques, y es que, parafraseando a Gardel, treinta años no es nada. 


Palacio de la Generala, antigua Facultad de Derecho de la Universidad de Extremadura
(Fotografía de mediados del siglo XX)

jueves, 8 de junio de 2017

Nostalgia del París de Cortázar


Ya hace cuatro años que estuve en París por última vez. Leía entonces Rayuela y escuchaba jazz, a todas horas, casi era uno más de los personajes de aquella historia. Como hoy, se sucedían vertiginosamente los primeros días de junio, apenas quedaba tiempo para saltar de un distrito a otro, mientras las nubes y el oleoso rugido de los aviones avanzaban marcando fugaces estelas sobre la pizarra plomiza del cielo. Esos días, con sus noches, vinieron cargados de nombres, de búsquedas, las de un mundo que quizá solo permanecía vivo en las páginas de los libros, en los rótulos de las calles, en la memoria de unos pocos. Yo también creí ver la silueta de La Maga, desdibujándose sigilosamente entre la multitud que cruza el Pont Saint Michel. Acaso hablábamos el mismo lenguaje o escuchábamos a la vez a Benny Carter, amparados por ese anonimato que otorga la metrópoli. Unos pocos policías, provistos de chalecos antibalas y fuertemente armados, circundaban el perímetro de la Tour Eiffel, como siempre atiborrada de inquietos visitantes procedentes del Extremo Oriente. Ya el volcán gorgoteaba, con la lava todavía sin desbordarse. Mientras, cerca de Passy, próxima la visión del Sena, las calles parecían conservar su idilio con el pasado, con los recuerdos aún intactos y los apartamentos cerrados, como dormidos, con las persianas bajadas, como en el Quartier Perdu de Modiano


Una calma con los días contados, un tiempo para escuchar "Save it pretty mamma", de Lionel Hampton, antes de que afuera se desate la tormenta y la gente sienta, pegados a su nuca, el aliento cruel de la intolerancia y el silbido de los proyectiles. Aquel París de hace ahora cuatro años seguía viviendo en un Chagall, irradiaba sus colores y sus crípticos mensajes desde la galería del Parc du Luxembourg. 


Duele ver cómo las historias se quiebran, cómo las despedidas se tornan irrevocables, y me viene a la memoria la de Marie a Pierre Curie, aquella fatídica mañana en que el destino le aguardaba con su peor rostro cerca del Pont Neuf, a bordo de un coche de caballos. La magistral evocación de Rosa Montero en “La ridícula idea de no volver a verte” eriza el vello al pensar cuántas veces se habrá repetido la misma trama argumental, la de aquellos que de súbito ven romperse sus lazos con la rutina de lo cotidiano, mientras los sentimientos se deshacen como el cristal al impacto de un guijarro. 

De todo eso vienen cargados los noticiarios en estos días. De estallidos. No he vuelto a escuchar aquellos viejos vinilos y la instantánea que nos hicimos en la explanada de Notre Dame, en la tarde de nuestro adiós a la Ciudad de la Luz¸ ya no me parece tan amable. El mundo ha cambiado mucho en estos últimos cuatro años, y siento nostalgia de Cortázar y de sus historias, del romanticismo de los cafés del Boulevard Saint Germain. Me vienen a la memoria aquellos versos de Paul Eluard que Françoise Sagan tomó prestados para dar título a su primera novela: Adieu tristesse / Bonjour tristesse / Tu es inscrite dans las lignes du plafond / Tu es inscrite dans les yeux que j’aime/."  Buenos días, tristeza, porque triste es la travesía de un tiempo que se escribe con letras de sangre.