viernes, 9 de febrero de 2018

Desterrar el olvido. Correos y poesía

Celebrar aniversarios, buscar un pretexto para dar visibilidad a aquellos que ya no están con nosotros.  Parece que este nuevo año será propicio para avivar la llama del recuerdo y liberar de las telarañas de la memoria acontecimientos y personajes. Uno va siendo ya mayor y eso de cambiar calendarios va convirtiéndose en algo cotidiano. Esperemos que así sea por mucho tiempo. Otros se quedaron en el camino, pero la sensación es la de que nunca se fueron; de ahí que cualquier oportunidad para devolverlos a la actualidad sea bienvenida. He crecido con el trasiego de las cartas, de la correspondencia, de los sellos, con el olor metálico de los buzones. Desde siempre, todo lo relacionado con el correo formó parte de nuestro universo. No en vano, mi padre había dedicado toda su vida a este servicio, y aún recuerdo aquellos intrincados pasillos del viejo edificio de la calle Donoso Cortés de Cáceres, el alboroto de los carteros, la sala de clasificación de la correspondencia, el áspero tacto de las sacas. Tiene algo de romanticismo esa tarea de emular a Mercurio, de erigirse en mensajero de ideas, pensamientos, noticias de todos los colores... 


Cartería de Cáceres, en la década de los años 50. Una de las fotografías que se podrán ver en la exposición que se instalará próximamente en el vestíbulo de la Oficina Principal 
de Correos de Cáceres

Es el cartero un personaje proclive a despertar sentimientos emparentados con la poesía, y por eso, no debe extrañarnos que en Cáceres, en el siglo pasado, existiera un cartero-poeta, alguien que llegó a ser tan popular y conocido en su época, que finalmente, el consistorio cacereño quiso perpetuar su memoria poniendo su nombre a una calle de la ciudad. De su nacimiento se cumplen ahora cien años y ello será excusa para que el próximo mes de marzo se le organice un homenaje, que lo será a dos frentes, el literario, y el postal. Hablamos de Juan García García, nacido en Ahigal (Cáceres), en 1918, y fallecido en San Rafael (Segovia) en 1996. Del primero de dichos actos, que tendrá lugar el 8 de marzo, en el Gran Teatro, se ocupará su hija, Remedios García, muy activa en el mantenimiento de la memoria del poeta, con su participación en numerosos eventos como rapsoda y recitadora de sus versos. No faltarán aquellos fieles al homenaje a Gabriel y Galán que cada 6 de enero coordina en Cáceres la Asociación de amigos de la Estatua de Gabriel y Galán, que capitanea el cantautor y poeta Matías Simón.


Primera edición del libro recopilatorio de los poemas de Juan García García. Fotografía del poeta, en pleno desempeño de su labor como cartero en Cáceres, en los años 40 del pasado siglo. 

Del postal se encargará la Asociación Cultural Filatélica y Numismática Cacereña, en colaboración con Correos, y ahí ando involucrado, rescatando y clasificando estampas e imágenes de aquellos años en los que Juan García prestó servicio, junto a tantas personas que como servidores públicos merecen un necesario reconocimiento por parte de la ciudadanía, que debe conocer sus rostros, su dedicación a los demás, en unos tiempos difíciles, cuando no existían los medios y posibilidades de que disfrutamos ahora. La exposición que se instalará en el vestíbulo de la Oficina Principal de Correos de Cáceres, a partir del 5 de marzo, exhibirá fotografías representativas de toda una época, en la que aparecerán personas que con su trabajo, contribuyeron al bienestar de sus convecinos, y me consta, por la parte que me toca, que no se dejaron clavos sueltos ni cartas sin entregar. Hoy, cuando cada vez se encuentra más en desuso el correo epistolar y los sellos son una rara avis, valorar la labor de aquéllos que posibilitaron que la comunicación fuera posible, con recursos tan limitados, no puede pasar inadvertido. Gente como Juan García, como mi padre, como tantos otros, no pueden quedar a merced de los desaires del olvido. 


sábado, 3 de febrero de 2018

Lecturas para un tiempo de bloqueo creativo: "Nuestra orilla salvaje", de Rosario Troncoso

Me lo decía hace unas semanas el poeta y amigo Diego Doncel; el tiempo que transcurre desde que damos por cerrada una obra literaria hasta que ésta se encarna y toma la forma de libro, ofreciéndose al juicio de los sentidos, representa una auténtica travesía del desierto que en no pocas ocasiones, puede llegar a frenar la apuesta creativa del propio autor. La impaciencia no es buena aliada, sobre todo cuando -y suele ser frecuente en la práctica- transcurren períodos muy largos hasta que el libro sale, materialmente, del dominio físico de su mentor. Hasta entonces, las páginas, los versos, los capítulos, continuarán perteneciendo al territorio de lo voluble, donde cualquier palabra aparece sometida a la incertidumbre de un nuevo diagnóstico, quedando la fijación del texto al albur de sucesivas lecturas intempestivas.  Entretanto, no es infrecuente el bloqueo creativo, la dispersión de ideas, la aventura de embarcarse en proyectos que luego resultan fallidos o que entran en conflicto con esos escritos anteriores que vegetan cautivos de la indefectible lista de espera.  La mejor terapia es entonces la lectura, el aprendizaje.  A veces, uno recibe reconfortantes inyecciones de adrenalina en forma de libros ajenos, intensos estímulos que hacen llevadera cualquier interinidad. 

Si en la entrada anterior comentábamos lo gratificante que estaba resultando bucear en temáticas cercanas a la filosofía y el pensamiento, al discurso en primera persona del escritor, este espacio de hoy nos devolverá a la intensa experiencia del lector de poesía, que disfruta de lleno al percibir el latido de quien escribe desde la sinceridad, con un lenguaje tallado a fuerza de sentimiento y de sensaciones que la palabra modela y el lector hace suyo sin dificultad. No es la primera vez que me sumerjo en el universo poético de la autora gaditana Rosario Troncoso, alfarera del verso e infatigable activista cultural, editora, capitana de El Ático de los Gatos, revista literaria con mayúsculas, y de su apéndice El Ático de los Gatitos, embarcada en  el propósito de contagiar el gusto por la lectura a todos los niveles. Rosario acaba de poner en pie su más reciente cuaderno de versos, que, como antes "Transparente", apadrina de nuevo la editorial sevillana La Isla de Siltolá en el marco de su prestigiosa colección "Tierra". La semana pasada me llegaba a casa el poemario "Nuestra orilla salvaje", acompañado de la antología "Eternidad provisional", ésta publicada en la colección"Wasabi", de la editorial Takara, en la que participa la propia autora. Es por ello que llevo unos días a merced del Levante de sus versos, descubriendo algo que no por ya sabido, deja de sorprender, la escandalosa madurez de una autora que sabe perfectamente de qué va esta espiral de la poesía. Siempre he sido partidario del poema breve, del mensaje directo, de la intimidad a borbotones. Precisamente éstos son los puntos cardinales de la poesía que Rosario despliega en su flamante poemario "Nuestra orilla salvaje". Poesía de "la medida exacta", de la conciencia del yo y su maridaje con los elementos. 

Se articula el libro en dos grandes campos temáticos; "El abrazo de los extraños", y "El final de las hadas", en ambos casos con el denominador común del poema breve, generalmente con títulos de una sola palabra, pero suficientes para identificar el contenido argumental, de corte netamente reflexivo, espectador de la realidad que golpea y socava el tránsito del tiempo y la deriva de los cuerpos. Rosario tiene la facilidad de multiplicar las sensaciones con apenas unos pocos versos, de hacer partícipe al lector de ese abecedario de pensamientos cercanos en ocasiones a las maneras del aforismo. La autora contempla desde su privilegiado capitel la certeza de esa "orilla salvaje" que tinta la aparente indiferencia de las cosas, de la propia piel, y despierta la dolorosa percepción de lo efímero. Poemas como "Príncipes de niebla", "Crisálida", "Desgastes", "A nosotros no", reflejan esa línea temática marcada por la caducidad, donde acecha, tomando prestadas sus palabras, la "Indolencia terminal del olvido". Uno se siente, desde su humildad literaria, cercano e identificado con ese discurso poético que en absoluto le resulta ajeno. "El final de las hadas", con su reflexión sobre el carácter finito de la ingenuidad y el encontronazo con lo real, en versos tan hermosos como "Crujen las hadas / como al pisar insectos, / bajo los pies", transporta al lector a la perplejidad de aquel Siddharta que en el film de Bertolucci, "El pequeño buda", traspasa por primera vez los muros de su torre de marfil. 

Solo queda acostumbrarse a ver los muebles en su sitio, a observar cómo el polvo va depositándose sobre los objetos. La vida se antoja acaso una sucesión de espejismos, un viaje sin billete de vuelta. El segundo bloque temático del libro está poblado de toques de desesperanza, de dolorosa resignación, vívida en poemas como "El turno siguiente" o "Ruinas".  La autora asume los riesgos de enfrentar una búsqueda, un diálogo, que soliviantan los instantes rectilíneos de la rutina. En la encrucijada de las tormentas, el verso pide un retorno a la ternura, a la piel indemne de los días blancos, a la bajamar que cosquillea tibia entre los dedos de los pies.  




domingo, 21 de enero de 2018

Escribir en la era de la globalización. Las ordalías de la palabra

Es posible que la época que nos ha tocado vivir sea una de las más complicadas que se han conocido y ello se debe en muy alto grado a la incidencia incontestable de las nuevas tecnologías, con todo lo positivo, y también negativo, que éstas han generado. Ahora estamos permanentemente comunicados, el torrente de información que en cualquier momento se desborda en nuestras manos a través de los dispositivos móviles es prácticamente infinito, y la idea de que vivimos en una sociedad global se ha ido materialmente imponiendo a golpe de tweet o con el tintineo de las alertas del WhatsApp. Leo en estos días el último libro de Eugenio Fuentes, un escritor amigo cuya obra narrativa es conocida y apreciada por el público desde hace años, convirtiéndole en uno de los referentes del género, muy especialmente, en su vertiente de la llamada "novela negra". Pero este nuevo libro suyo es bien distinto. Su incursión en el terreno del ensayo literario lleva al autor a explorar materias y plantear debates que, aunque no ajenos a la literatura, están presentes en nuestra sociedad desde tiempos inmemoriales, regresando ahora con fuerza con el advenimiento de las redes sociales y la antes referida globalización de la información. La hoguera de los inocentes rescata algo tan antiguo como la ordalía o el llamado "juicio de Dios", para efectuar un recorrido a través de un amplio compendio de obras literarias de ficción en las que de un modo u otro se ha suscitado la exposición pública de la culpabilidad sin opción alguna para el reo de hacer valer el derecho que a toda persona asiste de ser oída y escuchada más allá de condicionantes previos. Desde El proceso de Franz Kafka, pasando por Las brujas de Salem, de Arthur Miller o Intruso en el polvo de W. Faulkner, por recordar solo algunas de las muchas obras analizadas en este trabajo, el autor bucea en el peligro que supone el linchamiento colectivo de quien por motivos de sexo, religión, raza, edad o condición social, termina viéndose envuelto en una espiral de difícil salida, en la que, con las manos atadas, su destino lo deciden circunstancias o factores que nada tienen que ver con el equilibrio de fuerzas en que la verdadera justicia se asienta, conduciendo por tanto a indeseables escenarios. En nuestra sociedad de internet y los teléfonos móviles, la borrachera de datos con que nos salpican cada segundo se convierte en alienación de quien ya no puede escapar al enjambre y magnetismo de la red, propiciando una dependencia de nueva factura que también lo es a las corrientes de opinión y a su influjo, minimizando las virtudes del individualismo y pudiendo generar, en definitiva, una peligrosa tendencia a la generalización y al destierro de la privacidad que puede dejarnos indefensos, al ser expuesta la vida del individuo a la incontinencia de los elementos. Las reflexiones que aportan los ensayos literarios, el conocimiento que el lector adquiere de sus páginas, alimentadas con la savia de otras páginas, me han conquistado al comienzo de este año, tomada ya la decisión de poner punto final al arduo trabajo que supone revisar los poemas de ese nuevo libro que aguarda impaciente el momento de su puesta de largo. Toca ahora aprender, empaparse de sensaciones, preparar la palabra para retos distintos, ser exigente con uno mismo. En esta búsqueda son de ayuda textos como el de Fuentes, o como los de José Antonio Llera, cuyos diarios, Cuidados paliativos, que voy saboreando a retazos, me están resultando altamente productivos en la experimentación de formas distintas de contar, así como de interpretar la visión de la literatura y de la vida. La cotidianidad de la lectura y la síntesis de los personajes son algo necesario, que hay que asimilar para marcar distancia respecto de la esclavitud a que empujan las pantallas y la comprobación constante de nuestros perfiles en Facebook o el tráfico de mensajes en los grupos de WhatsApp. La esencia de la palabra continúa intacta, pero sigue pidiendo ternura al que escribe, delicadeza en el manejo de sus inagotables recursos. Y ello es válido para quien cultiva la prosa, para el ensayista, para el poeta. No todo deja el mismo regusto en los labios después de un atracón de letras. Por eso, para terminar hoy, me pondré en brazos del verso, presto a disfrutar con los de José Manuel Díez, que en su libro El país de los imbéciles, último Premio Jaén de Poesía, condensa gran parte de ese contenido y esas maneras que uno esperar encontrar en la literatura: disfrute y aprendizaje, llamada de atención a las conciencias. 


sábado, 13 de enero de 2018

La importancia de saber escuchar

Hace ya unos años, cuando Manuela Carmena, actual alcaldesa de Madrid, ejercía funciones como Decana de los Juzgados de dicha capital, manifestó a la Revista de la Asociación "Jueces para la Democracia", que "La gran tarea del Juez es escuchar", recuperando una cita de la extraordinaria novela "Memorias de Adriano", en la que Marguerite Yourcenar pone precisamente tales palabras en boca de su protagonista, quien manifiesta que "su gran tarea como juez es escuchar", suscitando en este caso la idea de que el poder debe estar abierto y ser receptivo a las personas a quienes sirve.  He pensado muchas veces en la carga de sabiduría que encierran estas reflexiones, y en cómo ciertamente, la propia convivencia social se encuentra asentada sobre la necesaria exigencia de estar siempre dispuesto a abrir los oídos a lo que los otros tienen que decir y aportar. Ello conduce a interpretar el mundo en términos de tolerancia, hacerse permeable al contenido intelectual procedente de cualquiera de nosotros. Escuchar, como paso previo a emitir cualquier impresión o desentrañar los intrincados caminos de un litigio. Escuchar, pero no solo la voz, con su acústica y timbre, sino también la palabra impresa, con todo lo que ésta tiene de pensamiento pronunciado a través de la escritura. La lectura de un libro nos pone en comunicación directa con su autor, que nos habla desde los renglones y los párrafos esculpidos en cada página. El lector se convierte, al fin y al cabo, en un oyente más, que recibe ese mensaje y establece un diálogo invisible con aquél, con el pretexto de los cada vez más indiscernibles géneros literarios. En la soledad de la vigilia, alguien lee un poema. La inspiración del poeta se hace melodía que fluye de los labios del intérprete, que se escucha a sí mismo en silencio, construyéndose una fuerte complicidad entre ambos. No hay límites para el discurso compartido, solamente estar dispuestos a implicarse, a hacerlo nuestro. Porque todos tenemos algo que decir y por ello nos corresponde estar abiertos a escuchar, desechando perversos prejuicios previos. Habrá tiempo para procesar toda esa información y ofrecer la respuesta que podamos entender como más justa o adecuada de acuerdo con los parámetros o referencias propios y específicos de cada ámbito en concreto; ya hablemos de crítica, decisión intelectual o cóctel sensitivo subsiguiente al estímulo de cualquier manifestación artística. Lo contrario conduce irremediablemente a la intolerancia, y en último extremo, a la falta de libertad, a hacernos menos humanos. 





viernes, 29 de diciembre de 2017

Relojes, Beatles, libros y más libros... Adiós 2017

No es por llevar la contraria, pero nunca he sido de "tomar las uvas", la última noche del año. Sí me ha gustado celebrar el cambio de calendario, esas imaginarias puertas que se abren y dejan entrever un camino todavía virgen, que no han hollado aún las huellas de intrusos pies. Lo vivido, con todo su equipaje, pertenece ya a los cartapacios de un archivo cuyos anaqueles han ido engrosando episodios y hazañas que duelen y se recrean a temporadas. El tiempo finge que se despide, o así al menos, queremos creerlo. Hay voces que se apagaron, que apenas buscan su sitio en los desfiladeros del sueño, entre bambalinas. El reloj no conoce tregua, continuará taconeando sin parar con los mimbres de un guarismo nuevo. 



El año que se marcha nos dejó lecturas memorables, bandas sonoras vestidas de todos los colores, regresos, y tentativas de escapadas al futuro. Ayer, sin ir más lejos, volví a escuchar The White Album, de The Beatles, sobre vinilo, como en los viejos tiempos. Me gusta ponerlo de vez en cuando, percibir ese característico sonido de la aguja mientras surca las estrías del disco. "While my guitar gently weeps", de George Harrison, continúa erizándome el vello; Helter Skelter, arrastra satánicos recuerdos; Revolution, parece tan actual...



Mis autores de cabecera este año han sido Borges, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Cirlot, Neruda, Vila-Matas, Murakami... En realidad, ninguno que no hubiera pasado ya por mis manos. Confieso que he leído más poesía que narrativa, que he disfrutado con las obras de plumas cercanas y conocidas, la mayor parte de nueva factura, aunque también la relectura de algunos textos me hizo rescatar las sensaciones de la primera vez con igual satisfacción que entonces. Creo que es de justicia recordar travesías poéticas como las vividas mediante las páginas de "Nortes", de Antonio Linares, "No eres nadie hasta que disparan", de Rafael Soler, "Locus Poetarum", de Francisco Caro, "Principio de incertidumbre", de Santos Domínguez", "Breve Catálogo de insectos y otros seres menudos", de José Manuel Vivas" o "El baile del diablo", de Javier Sánchez Menéndez, sin olvidar otros tantos textos más que, publicados en estos últimos meses, han hecho más grande el placer de leer poesía. Ni mucho menos que no son los únicos, muchos libros más llegaron a mi biblioteca y se disfrutaron igualmente. La lista sería interminable. En absoluto concurre voluntariedad alguna en su preterición. Como testimonio, aquí van unas cuantas portadas de algunos de esos libros que mucho me aportaron.













Transcurrió 2017 a la medida de los versos del poemario que espero vea la luz en el año que estamos a punto de inaugurar. Es de imaginar la labor de construcción y andamiaje, incorporación de textos, supresión de otros, infinitas e inacabables correcciones... Mientras el jazz acompaña estos momentos de remembranzas literarias, regresan a la memoria las estampas vividas junto al Lago Léman, en los días del festival de Montreux, en el mes de julio. Música, poesía, imágenes, quizá sean las claves que alimentan el germen de la creación, algo que espero me siga siendo favorable en el año que pronto estrenaremos. 



Monumento a Freddie Mercury, en el Paseo Marítimo de Montreux (Suiza)




domingo, 17 de diciembre de 2017

¿Escribir una novela? Nunca se sabe

Llevo unos días dándole vueltas a la idea de escribir una novela. Corta, por supuesto, pues no me puedo permitir otra cosa. Cuando uno acaba un libro, en mi caso, de poemas, y se adentra en los complejos avatares de la publicación, algo así como una suerte de meandros de incierto paralaje cuyo desenlace se encuentra sometido a un gran cúmulo de factores y circunstancias, se abre un período de incertidumbre en el que la pluma se conduce a trompicones, impúber acaso, proclive a caprichos y  frivolidades. Después de un año en el que mis lecturas se orientaron en su mayor parte a la poesía, se siente la prosa como una tentación primaria, liberadora de conciencias y estereotipos, ese panorama frecuente en el no pocas veces ingrato territorio del verso. Me costará sin embargo abordar el andamiaje de un relato de ficción, y de hecho, creo que tal hipótesis debe quedar de entrada descartada. ¿Autobiográfico pues? No podría asegurarlo, aunque el material propio, con el oportuno maquillaje, de seguro bastaría para dar cuerpo a un engendro mínimamente presentable. De las novelas que leí en los últimos meses, no demasiadas, deduje que había páginas y páginas de puro barbecho, engordadas tramas que quizá hubieran lucido mejor ataviadas con un ropaje más ligero. Son las impresiones que uno arrastra tras años de ejercicio poético. Ni siquiera puedo asegurar que termine embarcándome en una tarea tan absorbente, menos aún quien el tiempo es un bien escaso, pero no está de más imaginarse cómo podría ser esa travesía, tomarse en serio por unos instantes un proyecto así, e imaginar folios y folios cargados de palabras sin hemistiquios ni cesuras. 




viernes, 8 de diciembre de 2017

De aniversarios, música y libros

Dos iconos de la convulsa década de los sesenta del pasado siglo comparten el 8 de diciembre fecha para el recuerdo. Un 8 de diciembre era asesinado John Lennon en Nueva York, en 1980, tras ser tiroteado a bocajarro por Mark David Chapman, a la entrada del edificio Dakota, donde aquél residía junto con su esposa Yoko Ono.  También en un día como hoy, pero de 1943, nacía en Melbourne (Estados Unidos), el poeta y cantante Jim Morrison, líder que fue de otro de los grupos más emblemáticos de aquella legendaria centuria, The Doors. Ambos son protagonistas pues, por razones bien distintas, de una fecha que es festiva en España y en muchos países, pero no en Estados Unidos. Sea nacimiento, sea muerte, de lo que se trata es de poner diques al olvido, y aunque celebrar que alguien llega parece tener más sentido que hacerlo para recordar su partida, todo resulta útil a fin de mantener y avivar la integridad de la memoria, más aún en estos tiempos de continuo desenfoque para el operador de cámara. Al preguntarme qué música elegiría escuchar hoy, con la obligada referencia de aquellos mitos, la verdad es que no sabría decidirme. Tras el cristal de mi ventana, las nubes van engarzando sus invisibles manos, y aunque por desgracia, no parecen amenazar lluvia, sí van componiendo la estampa propia de un día de primeros de diciembre, avejentado el otoño, de esos en que la compañía de un buen libro y el solaz del calor construyen idílicos universos domésticos que disfrutar lejos del estrépito de las rutinas cotidianas. Al final, me decidiré por escuchar un disco de piano. En el silencio, las notas de "The malady of elegance", de Goldmund, seudónimo del compositor estadounidense Keith Kenniff, resultan realmente propicias para la meditación y la lectura, música de piano post-clásica con la que abrir los poros de la inspiración, ahora que tanto se hace de rogar. 


Goldmund: Threnody

Y sobre la mesa, los libros, siempre los libros. Echándole valor, he decidido hincarle el diente a una de las últimas novelas de mi admirado Haruki Murakami que todavía no me había atrevido a leer, intimidado por sus titánicas dimensiones. Por idénticas razones postergué este verano el nuevo libro de Paul Auster, y sin embargo ahora, me absorben estas páginas, que se van más allá de las siete centenas. Apenas doy los primeros pasos y ya descubro reflexiones memorables. Ah, no he dicho de qué libro se trata. Hablamos de "Kafka en la orilla". De pronto, un personaje se despacha lo que semeja una parábola sobre la existencia humana que difícilmente deja indiferente al lector: "A veces, el destino se parece a una pequeña tempestad de arena que cambia de dirección sin cesar. Tú cambias de rumbo intentado evitarla. Y entonces la tormenta también cambia de dirección, siguiéndote a ti. Tú vuelves a cambiar de rumbo. Y la tormenta vuelve a cambiar de dirección, como antes. Y esto se repite una y otra vez. Como una danza macabra con la Muerte antes del amanecer. Y la razón es que la tormenta no es algo que venga de lejos y que no guarde relación contigo. Esa tormenta, en definitiva, eres tú".  Certeras las palabras, hacen pensar, sin duda. Y más, como decíamos, en un día donde el nacimiento y la muerte se dan la mano,  donde quizá todas las cosas tengan un sentido que no somos capaces de captar pero que, al igual que las nubes, va completando su propio puzzle. 


También la poesía tiene su parte en esta reflexión a pie de radiador, en este caso, la del soriano Fermín Herrero, cuyo libro "Fuera de encuadre", acaba de publicar la editorial Reino de Cordelia, y que está lleno de versos que igualmente invitan a hacerse preguntas, a mirar de lleno sobre nosotros mismos: "ser la quietud del agua hacia / el olvido si solo el dolor se cumple / a bocajarro. Llega el día -un grito / apenas- en que nada pertenece. No hay / supervivientes".   Estamos a punto de pasar página otra vez, de abrir las cortinas a un nuevo fragmento de realidad de la que nada conocemos. Tan solo que comparte los genes del azar y la piel del asombro. A nosotros nos corresponderá hablarle al oído y susurrarle nuestras inquietudes. Quizá decidan tomar forma de poema.