viernes, 17 de marzo de 2017

Hoy piden paso mis libros, se reivindican.

No suelo escribir acerca de mis propios libros. Ahí están, y ahora, cuando el invierno toca a su fin, me recuerdan que la mayor parte de ellos vieron precisamente la luz en estos meses de bonanza incipiente que estamos a punto de estrenar. Alguna excepción no falta, pero como quien no quiere la cosa, ha pasado ya un año desde que "El tacto de lo efímero", en su edición revisada y ampliada, fue publicado por Ediciones Vitruvio. Desde entonces, el libro ha recibido múltiples lecturas, no han faltado reseñas en revistas y medios digitales, también alguna presentación, con mayor o menor fortuna. De todas ellas, la vivida en Madrid, el pasado octubre, me dejó un excelente sabor de boca que todavía me impregna los labios. Del resto, la buena voluntad y generosidad de mis presentadores sobrevive a la somnolencia que sepulta su recuerdo. No tengo dotes de rapsoda ni soy muy aficionado a participar en lecturas, e incluso me cuesta trabajo seleccionar poemas si alguien se acuerda de mí para una antología o libro coral, pero lo cierto es que un año después, el poemario parece haber tenido más rodaje fuera de mi propia ciudad, como también lo tuvo "Escenarios", su inmediato antecesor en mi particular anaquel. De "El tacto", sigo echando de menos haber podido presentarlo en tierras de Huelva, pues onubense fue la inspiración que sirvió para apuntalar sus primeros versos, años hace ya de aquello, en tiempo de sabores salados y azules, cuando todavía bregaban incólumes los alfiles de la vida. 



Claustro del Monasterio de La Rábida, Huelva


Por las fechas en que nos encontramos, caigo en la cuenta de que ya hace dos primaveras del Pregón que con motivo de la Semana Santa Cacereña, tuve la oportunidad y el gran honor de pronunciar. Aquel fue el último que se celebró en el Auditorio del Complejo Cultural "San Francisco", de Cáceres, con no pocos sobresaltos y alboroto de duendes enredados en los cables y la megafonía de la sala. Nunca he escrito tampoco sobre aquella experiencia. Pensé que lo mejor era apaciguar el discurso y vestirlo luego con los hábitos del libro, que las palabras no se dejasen confundir con el retumbe de los tambores y la fragante brisa del incienso que apenas unos días después de ser pronunciadas se adueñaron de la ciudad y de sus itinerarios. 



Un momento del Pregón de la Semana Santa de Cáceres, 
año 2015

Aunque aquel pregón era inescindible de su banda sonora, asentó dócil sus diez cantos sobre la porosa alfombra del papel, y junto a otros textos igualmente reseñables, como el también pregón ofrecido a la Patrona de la ciudad en 2008, compusieron su propia sinfonía para ser interpretada "Por adarves y callejas, entre peñas y riscos", sobre el irregular pavimento de unas calles milenarias de las que uno no era sino otro testigo, llamado a enredarse, más temprano que tarde, en las telarañas de la desmemoria. 




Ahora siento que regreso al punto de partida, a la encrucijada de quien escribe a trompicones, acelerados los sensores del idioma y trastabillado el andamiaje de la imaginación. Los escenarios se repiten, pero la edad va dejando muescas entre las líneas de las manos, afilando la corteza de las vértebras. Años atrás, conviviendo con otras realidades, mi ciudad se alzaba núbil y temblorosa, como una novia distante y deseada, escurridiza a los dedos. Hoy su magia es parte de una cotidianidad no por ello cómplice de la rutina. Aún perviven urgencias, impúberes desasosiegos, lejanos titileos de voces, por siempre vinculados a estas calles y a la algarabía de este tiempo de purpúreas clámides, antesala de un estío agreste que harán suyo el silencio y la avena. 




Instantáneas de Cáceres, desde la Ronda de Vadillo 


sábado, 25 de febrero de 2017

Con la gripe como compañera de viaje

Nunca febrero fue tiempo para tanto sobresalto. Sobre los asientos de este tren que a medio gas enlaza Extremadura con la capital de España, dos libros aguardan su peculiar ceremonia de unboxing. Afuera, el frío golpea invisible los cristales. La lluvia de los últimos días ha engullido algunos metros la silueta de la Torre de Floripes que dejo a mi izquierda mientras el convoy se sumerge en la embriaguez de los túneles que atraviesan la vieja depresión de Alcónetar. Una voz grabada anunciará en breve la proximidad de Cañaveral y recordará a los viajeros que no deben perder de vista sus objetos personales. En mi caso, siguen indemnes los dos libros sobre la mesita desplegada del asiento que me precede. Apenas se siente el cosquilleo del aire acondicionado y no prescindo del abrigo. Poesía y prosa, alternativas razonables para un viaje que se prolongará más de tres horas.




Por fin, despliego las páginas de "Transparente", el poemario que la escritora gaditana Rosario Troncoso vendrá a presentar a Cáceres en las próximas semanas. Son inconfundibles los libros de la colección "Tierra" de la editorial sevillana La Isla de Siltolá. Hay que reconocer que su editor, Javier Sánchez Menéndez, ha sabido dar personalidad a sus publicaciones, haciéndolas perfectamente reconocibles y dotándolas de un nivel de calidad que no ha sufrido altibajos desde sus primeros títulos. Aunque se trata de una segunda lectura, me siguen sorprendiendo gratamente estos poemas, y no tardo en devorar las primeras unidades de "Derribos controlados", la primera parte del libro. Ya en Castilla-La Mancha, me mudo a la narrativa. Soy reincidente con Murakami. Aunque no le hayan dado el Nobel, y quién sabe si se lo concederán algún día. De él me gustan sus atmósferas, sus personajes, la omnipresencia de la música. Lo de menos es la distancia, Japón queda lejos, pero la tensión argumental y la incertidumbre que condiciona el destino de los protagonistas no saben de geografías ni coordenadas. De pronto, me encuentro avanzando por los pasillos vacíos de un hotel, a la búsqueda del ascensor que conduce a la planta donde se halla la habitación que me han asignado en recepción. Me vienen a la memoria algunos fotogramas de El Resplandor, el triciclo histérico del niño enfilando la vertical del laberinto. 


Recién llegado, busco mi cuarto en la tercera planta. No tiene vistas a La Castellana, el patio interior no es demasiado fotogénico y opto por correr las cortinas. Aquí solo parece habitar el silencio. Cuando decido salir, tengo claro que visitaré la exposición de M.C. Escher en el Palacio Gaviria, en la calle del Arenal. Quizá hoy no haya que esperar mucho tiempo. Una amable señorita explica a los visitantes que sí tendrán que hacer cola, porque el aforo es limitado y la duración de la visita es de aproximadamente una hora. Al salir, la Puerta del Sol parece un espejo cóncavo donde los viandantes se reflejan sorprendidos. El legendario reloj de la Real Casa de Correos se alza al final de una escalera de peldaños interminables que comienza una y otra vez. Alguien diría que en realidad no es sino un ojo que parpadea ajeno a los avatares del tiempo, mirando desde la profundidad de una lente. 



Exposición de M.C. Escher en el Palacio Gaviria

El frío de las calles penetra bajo los tejidos, e incluso en el hotel, dudo si la calefacción funciona o no. Entretanto, creo haberme quedado atrapado en alguno de los imposibles paisajes de Escher.  O quizá no, porque la siguiente jornada me contempla enganchado a la arqueología del papel antiguo, olisqueando las huellas de quienes hace más de un siglo, y sin WhatsApp, acomodaban sus sentimientos, sus palabras, al romántico formato de la tarjeta postal. Y hablamos de 1898, quién lo diría. Pisaban entonces la tierra firme gentes como Machado o Unamuno. Y más al sur, babeaba entre pañales García Lorca, con el fondo musical de Los cuatro muleros o Los mozos de Monleón




Postales de Madrid, circuladas en el siglo XIX

Un picor en la garganta delata el avance del virus que anda hace días llamando a mi puerta. No me gustan las calefacciones excesivas, el calor artificial que engaña al cuerpo y desconcierta sus sensores. En horas de trabajo, nos han hablado de otro virus, el del odio, que infecta impune esta sociedad en la que vivimos, que señala y excluye con dedo aleve al que osa moverse de la foto. Al subir al metro, duele descubrir que para algunos, el hombre viaja en compartimentos estancos, que la grandeza de la diversidad es motivo para cambiar sin demora de vagón. Desembarco en el muelle de las librerías. Últimamente me pierdo y olvido la mesura. Mi botín son unos cuantos poemarios difíciles de encontrar en provincias. De regreso al frío del hotel, advierto que la tos comienza a hacerse presente. Aún me queda una jornada y después del trabajo, aguarda Francisco Caro con su libro "Locus Poetarum", en un sótano atestado de la calle Galileo. Un taxi me lleva hasta allí y creo ir con el tiempo sobrado. Craso error. El librero del Centro de Arte Moderno me dice que no hay sitio ya en el local. Y al bajar la escalera compruebo que efectivamente es cierto. Atisbo la inconfundible estampa de Rafael Soler y me topo con varios poetas conocidos y admirados. Antonio Daganzo me regala un metro cuadrado entre dibujos de Alejandra Pizarnik, y me abrazo a David Morello, mientras el protagonista, Francisco Caro, me firma su libro antes de que comience el evento. Casualmente, le conocí en la presentación de su obra anterior, en la Librería Rafael Alberti, de la mano de Lastura, y ahora, repito convocatoria, esta vez con Polibea



Presentación de "Locus Poetarum", de Francisco Caro, 
en Centro de Arte Moderno

Al escucharle recitar, me doy cuenta de mi pequeñez, de mi condición de exoplaneta, orbitando una estrella enana a años luz de la poesía que con mayúsculas se filtra en el ambiente cargado de aquel subsuelo. Paco Caro plantea una propuesta metapoética cargada de referentes, el lugar de los poetas, del maestro y del aprendiz, donde el papel en blanco bulle candente entre los dedos a la espera de la inspiración, la que, húmeda como un sexo, se encarama a los registros del idioma. Solo el poeta sabe cómo dejar la impronta de sus huellas dactilares. De allí salgo con el sombrero descolocado, con la temperatura accidentada a bordo de calles que parecen de otro universo. Ya no tiene remedio el mal que hace pesados los muslos y fomenta la estenosis de los bronquios. Cuando vuelva a subir al tren, sabré que mi destino es entregarme a la voluptuosidad de las sábanas y al consuelo de los analgésicos. Eso sí, con mis libros de cabecera. 









sábado, 28 de enero de 2017

Mis lecturas de enero. Descubrimientos y reseñas a ritmo de Bossa Nova

Escuchar a Frank Sinatra interpretar junto a Tom Jobim sus temas puede ser una buena manera de comenzar el sábado. Bossa Nova y la Voz, con mayúsculas, mientras las nubes avanzan dóciles sobre la claraboya de mi buhardilla. Se marcha enero con paso lento y versos concéntricos, una vez más, adentrándose el calendario en los territorios del futuro. Intentamos que el año comenzara su viaje sobre los raíles de la poesía, y nos deparó encuentros que mitigaron los rigores de la borrasca, mesas compartidas y libros manoseados cuyas páginas se hicieron palabra pronunciada en los labios. Lástima que la ciudad prosiguiera en su duermevela, ajena a la musicalidad de las imágenes, lastrada por herencias de silencio e indiferencia. Entretanto, por mis manos han pasado versos de amigos, recién alumbradas obras que su generosidad me permitió recoger en el buzón, poesía itinerante encaramada a las alas del correo. Me sumergí también en el piélago de las librerías, donde el azar dirige los ojos y las manos hasta el estante donde reposa ese libro que, quizá no buscado de propósito, se presta al diálogo con el lector despistado que hurga entre títulos y portadas llamativas, sin rumbo fijo. 





Meditation/Meditaçao, Sinatra/Jobim

Tres nuevos títulos de la Colección "Baños del Carmen", de Ediciones Vitruvio, se han incorporado estas últimas semanas a mi Biblioteca. Sólidos poemarios, muy diferentes, pero llamados a ocupar un sitio relevante entre las propuestas poéticas que acaban de desembarcar en las librerías. "No eres nadie hasta que te disparan", el último libro de poemas del prestigioso y carismático autor Rafael Soler, es sin duda un trabajo sorprendente. Como en su anterior obra, "Ácido almíbar", lo primero que llama la atención es la portentosa capacidad del poeta para crear un universo propio en el que conviven el lenguaje más directo, la ironía y el sarcasmo ante la sociedad y el modus vivendi de nuestro tiempo. Una vez más, encontramos una poesía que se edifica desde sus cimientos, de matemático encaje, con títulos que en realidad constituyen un verso más, esculpido en el frontispicio de cada poema, cadáveres exquisitos que por sí solos permitirían apuntalar el poemario. Basten como ejemplo: "Catadora de ron en los entierros", "Ningún río al morir entrega el alma",  "Nunca abofetees a un tipo que masca tabaco". Estamos ante un libro que aglutina el incisivo mensaje que caracteriza la poética de Soler y una palabra adulta, nunca gratuita, certeramente empleada y escogida.   Comparte colección con el anterior el nuevo libro del escritor argentino afincado en Rivas, Emilio González Martínez, de título "Palabrando", y que pese a no llevar mucho tiempo publicado ya ha sido incluido en la lista de libros recomendados por la Asociación de Editores de Poesía. Con ese estilo personal que ya descubrimos en su poemario anterior, "Escoba de quince", hallamos versos que evocan sentimientos universales y a la vez cotidianos, vivencias cercanas, ejercicios donde la palabra cobra vida para cautivar al lector, sigilosa y hábil. Lo dice el poeta: "como un guante, / la palabra tercia / acariciando el plasma del misterio. / Como un guante / se vomita a sí misma, / calla y extiende sus dedos / en los signos del vacío. / Finalmente, en su visita a Cáceres para presentar "Identidad", el poeta y periodista Francisco Castañón me obsequiaba con el poemario "Paisaje", del gallego Ricardo Martínez-Conde, de reciente publicación también en Vitruvio. Aún no lo he podido leer, pero un primer vistazo deja impresiones ciertamente prometedoras. El propio Castañón acaba de realizar en Letralia, tierra de letras, una completa reseña del libro, a la que puede accederse en el siguiente enlace: http://letralia.com/lecturas/2017/01/28/paisaje-de-ricardo-martinez-conde/#.WIz0sbg56Bc.facebook


En el trabajo de ojeo por los anaqueles de mi librería habitual, acaparo otros tres títulos que se añaden a la lista de lecturas pendientes. El primero de ellos, "No en mis días", que edita Vandalia,  redescubre al novísimo  Gimferrer y su extraordinario dominio del lenguaje poético, plagado de referencias culturales e iconográficas. El segundo, "La prisión transparente", de Antonio Gamoneda, publicado por Vaso Roto, acumula tres poemarios, La prisión transparente, No sé, y Mudanzas. Sirvan de presentación las palabras de su autor: "El recuerdo habita en el olvido y el olvido perfecciona el recuerdo".  Completo la relación de mis últimas adquisiciones con el flamante libro de poemas del cacereño Juan Manuel Barrado, incluido en la colección "Trea", y que titula "Pertenecemos a lo invisible", sugerente pórtico que invita a bucear en la personal lírica de este autor, perteneciente a la más granada generación poética que ha dado Cáceres. 



Y si hablamos de autores extremeños, resulta obligado referirnos a las dos últimas obras de Pilar Galán o Juan Ramón Santos, que acaba de publicar la editorial De la luna libros, dentro de su colección "Lunas de oriente", que siguiendo la estela de la inolvidable "Lunas de poniente", pretende recoger en su catálogo las voces más representativas de la narrativa que hoy se escribe en Extremadura.  Aunque la mayor sorpresa de estos días, gratísima, por cierto, ha venido también a través del correo, desde la hermosa isla de Mallorca, en la que reside desde hace años un poeta que nunca dejó de considerar a Extremadura como su tierra, Carlos Medrano. "Donde poder volver", la selección de poemas tomados de su blog "Isla de lápices" que ha publicado Vberitas, reconcilia sin duda al autor con ese amor que siente por estos pagos, y a quienes apreciamos su verbo poético, con una deliciosa muestra de su buen hacer, lleno de evocaciones y lúcidas escapadas, con la manufactura de un lenguaje cristalino que transporta a lugares y vivencias que dibujan la madurez de un poeta a caballo de dos orillas y cuya voz no olvida el legado de maestros como Santiago Castelo o Ángel Campos Pámpano. "En la aventura del papel y la belleza", recojo las palabras de su dedicatoria y celebro la lectura sosegada de estos versos que espero algún día pueda ofrecernos personalmente en esta ciudad, que es también la suya. 







lunes, 9 de enero de 2017

Primera ojeada a 2017. Redescubrimiento de los clásicos.

Me parece que este año que acabamos de estrenar lleva impresa una marca de nacimiento que responde a los códigos de la incertidumbre, entendida como falta de certidumbre, según la acepción del diccionario de la lengua española, y por extensión, a la ausencia de certeza concebida como exclusión de lo cierto, del conocimiento seguro y claro de algo. Dos mil diecisiete se anuncia con los ropajes de la fragilidad, la que es propia de caminar sobre terrenos irregulares y sin el amparo, siquiera metafísico, de una red. En el desorden de los fenómenos atmosféricos, se antoja un período de extremos térmicos; en la desazón de las ideas, la rebelión de los colores, y el recelo frente a artificiosos mestizajes. El mundo aterriza de nuevo y se instala sobre las páginas de un almanaque en blanco, contagiando con su carga viral cada uno de los números, los días, las semanas, que conformarán las estaciones. El siglo veintiuno es un tiempo de protagonismos heterogéneos e histriónicos, donde conviven zarpazos de cartesiana razón y delirantes episodios que bordean las fronteras de la incivilidad. Si las cartas del Tarot contienen algún tipo de mensaje oculto o representan un género de alfabeto críptico que aún espera ser descifrado, se me antoja que El Loco sería la que mejor pudiera describir esa realidad irreflexiva y nerviosa que nos rodea. Se ha querido ver en este personaje al hombre que camina hacia el futuro, libre de ataduras, con un rumbo que ni él mismo acierta a definir. Acaso la idea de romper con lo establecido y regresar a la esencia de lo que un día fuimos para crecer de nuevo, para hacernos de nuevo, permita recuperar el malherido germen de nuestra propia existencia y la de la madre naturaleza, sin la que no tendríamos sentido.  Es por eso que la incertidumbre con que se conduce este dos mil diecisiete, aún impúber, sea tal vez una llamada a la serenidad, a la mudanza de ánimo y al rescate de esa dimensión espiritual que la materia y la rutina han ido desplazando y denostando. 


Ilustración de Deli Cornejo para el libro "Arcanos Mayores" 
(Norbanova Poesía número 4, 2012)

En un momento en el que todo parece sometido a convulsiones, cuando la discordia prende fácil los resortes del verbo y la poesía es proclive a encendidas diatribas, me pide el alma un reencuentro con los clásicos, los que con su palabra nos allanaron el camino de la lucidez. Si el mundo, ese loco despistado que avanza con la cordura en horas bajas, pretende reconciliarse consigo mismo y dar una oportunidad a la trascendencia, qué mayor signo de ésta que la siempre provechosa relectura de los versos de Juan Ramón,  Machado, Unamuno o los grandes del veintisiete, aquellos que marcaron con sus voces una edad de plata anterior al cataclismo de los fusiles y que aún hoy aportan desde sus viejas e impecables ediciones ese toque de templanza del que tan necesitados nos encontramos, ahora que la poesía se confunde en un mar de egos enfrentados e intereses comerciales, alejándose quizá de su verdadero ser.   Del mismo modo anda sobresaltado el mundo, buscándose, sin demasiado tino. 



Sobrecubierta y página de presentación de la Antología 
1915-1931, "Poesía española", recopilada por Gerardo Diego y publicada por Editorial Signo, en Madrid, en 1932 (primera edición), que representó el descubrimiento de la poesía española de la época en Europa, reuniendo a toda una serie de autores cuya importancia y calidad resultan hoy indiscutibles. 




martes, 27 de diciembre de 2016

2016: El año que vio partir a músicos y poetas hacia los Puertos Grises.

Por motivos bien distintos, una gran parte de las entradas de este Blog en 2016, al que ya le quedan apenas cuatro jornadas, han tenido algo que ver con la música, de una u otra forma. Y es que el año que se marcha no será bien recordado en los anales de este noble arte, pues sin duda la Parca se ensañó a conciencia con sus creadores e intérpretes, aniquilando con su fría mirada a un buen número de quienes habían sido iconos de varias generaciones, allá por el cada vez más lejano siglo XX. Hace unas pocas semanas recordaba mi descubrimiento de Leonard Cohen y de su poesía erguida sobre las líneas de un pentagrama. Luego, fue la perenne nostalgia de John Lennon, en el aniversario de aquel fatídico 8 de diciembre. Como tantos otros que nos dejaron este año, y recordemos por citar solo algunos a Prince, David Bowie, Manolo Tena, Maurice White, Glenn Frey, George Martin, Gato Barbieri, Keith Emerson..., pertenecen ahora a esa dimensión inescrutable, algo así como Los Puertos Grises que imaginara J.R.R. Tolkien en El Señor de los Anillos, lugares o dobleces del espacio/tiempo inmunes al aguijón del olvido, donde la memoria se extiende más allá del horizonte del recuerdo. Seres que acaso se encuentren ungidos por el don de la inmortalidad, y a los que se refirió Hermann Hesse en las páginas de "El lobo estepario", situándoles en "el éter helado e iluminado de estrellas...asintiendo en silencio a la vida latente, mirando en silencio las estrellas que rotan".  


Ilustración de Alan Lee: "Los Puertos grises"

El año que se marcha ha puesto sobre la cubierta de esos veleros que enfilan la ruta hacia aquellos puertos ignotos que se alzan al otro lado de las nieblas a muchos viajeros insignes. Buena parte de ellos trazaron la banda sonora de mi generación y por eso su partida resulta más cercana e hiriente. Las décadas de los setenta y ochenta de la pasada centuria han ido despoblándose de sus figurantes, impío el destino escribió sin tregua cientos de titulares de prensa, teletipos y tuits, sin respetar festivos ni estaciones. Llegado diciembre, el estupor se hace crujido en los cimientos de ese mundo que nos ha hecho como somos, con sus iconos y sus personajes de ficción, con el consuelo que siempre nos ofrecía considerarlos parte de nosotros, pero indestructibles, héroes que jamás podrían ser abatidos. La noticia de la reciente muerte de George Michael, en su casa de Londres, retrotrajo la película de mi vida a aquellos instantes de juventud, que también era la suya, a mediados de los ochenta, cuando era pecado mojarse los labios con la quemazón de un sorbo de whisky en la penumbra de una discoteca mientras de fondo la machacona e irreverente letra de "I want your sex" te arrastraba sin ambages a una pista atestada de caliginosas sensaciones. 


George Michael, en la época de su Álbum "Faith" (1987), que contenía entre otros, el polémico tema "I want your sex". 

Sin tiempo casi para reponerse del impacto, los diarios digitales anunciaban hoy la desaparición de la actriz Carrie Fisher, la icónica "Princesa Leia" de Star Wars, papel que la atrapó inmisericorde y marcó su trayectoria de por vida. Apenas un año atrás la veíamos, en "El despertar de la fuerza", despedirse de Han Solo (Harrison Ford), y notábamos cómo le brillaban los ojos por el presagio cruel que la atenazaba por dentro. Quizá los guionistas tengan que modificar el libreto de la nueva historia que actualmente  se está rodando para buscarle un final que quizá no habían previsto de antemano, más cerca de las estrellas, surcando las constelaciones  junto a los antiguos caballeros Jedis



Carrie Fisher, caracterizada como Princesa Leia, 
en su última aparición en la saga Star Wars (2015)


Aquí abajo, los mortales continuaremos construyendo nuestro universo cotidiano y seguiremos atentos a esos titulares de prensa que de seguro no cesarán en su propósito de sacudir las líneas rectas de la existencia con sus cargas de profundidad, siempre dispuestos a no dejarnos dormir. 

Exactamente como advierte el  poema "Titulares", perteneciente a mi libro "El tacto de lo efímero" (Ediciones Vitruvio, 2016, Colección "Baños del Carmen"). Con él cerraremos esta entrada. 


                                      TITULARES

Teletipos hieren como anzuelos.

Una nueva sangría de inocentes 
en un país habituado al dedo índice.

Un avión extraviado de los radares sobre la vertical de un océano
       en las antípodas de la intemperie.

Certero el azote de los elementos, 
ensañándose displicentes con los desheredados, 
astillando sus carnes lastradas de impotencia.

Ruido y más ruido en los escaños del parlamento.

Demasiados decesos de artistas y poetas.









domingo, 18 de diciembre de 2016

De Dylan a Elizabeth Bishop. Una mirada norteamericana.

Todavía conservo en los oídos la melodía y las letras de Bob Dylan que apenas hace una semana inundaban la Librería-Café Psicopompo, de Cáceres, en auténtica explosión de fraternidad musical y poética con la excusa de celebrar, a nuestra manera, la entrega (¡) en Suecia del Premio Nobel de Literatura y los olvidos de Patti Smith, que no fueron los de José A. Secas, que se ocupara de leer el mismo poema, el larguísimo "A hard rain's a gonna fall" lleno de continuas referencias apocalípticas. Brillaron las guitarras y las voces, el arte del recitado y la interpretación a cargo de consumados especialistas como Vicente Rodríguez o Alonso Torres, pero en general, el acto fue todo un éxito y una gran parte de ello corresponde al inefable Jaime Naranjo, quien supo coordinar a participantes tan dispares pero igualmente comprometidos en hacernos pasar una inolvidable velada en torno a las letras y los acordes de Robert Zimmerman, con la inestimable colaboración de virtuosos como Mario Osuna, capaz de deletrear con su guitarra cualquier estilo, cualquier propuesta musical para acompañar los no siempre fáciles textos del galardonado poeta y cantautor estadounidense. 


Jaime Naranjo (derecha) y Mario Osuna (izquierda), durante la velada homenaje a Bob Dylan en Librería Café Psicopompo, el pasado 10 de diciembre (Fotografía procedente del Facebook de la propia librería)

No es la primera vez que me ocupo en este blog de Bob Dylan y su controvertido Premio Nobel de Literatura 2016.  Ahora lo hago desde las páginas de un libro, el que acaba de editar Malpaso, y que contiene sus letras completas (1962-2012), en versión bilingüe (Traducción de Miquel Izquierdo, José Moreno y Bernardo Domínguez Reyes), con notas de Alessandro Carrera y Diego Manrique, prologado por el propio Diego Manrique. Un libro sin duda de los que no pasan inadvertidos en cualquier biblioteca, tanto por su impactante volumen, como por el colorido de sus cubiertas (entre las varias opciones, escogí el amarillo, sea por eso de la superstición, por la "¡mucha mierda!" que Dylan ha ido acaparando hasta conseguir el Nobel). Una primera impresión del contenido no deja tampoco indiferente al lector. Aquí no hay música, solo palabras, muchos versos, y desde luego, después de leer unos cuantos, en cualquier lugar de sus casi mil trescientas páginas, la impresión que se obtiene es la de que, olvidándonos de que estamos ante letras de canciones, el poeta y su mensaje se desbordan, dejando patente la enorme capacidad de un creador que ha sabido imponer su peculiar forma de contemplar el mundo, con sus repetidas obsesiones (muchas de ellas acerca de temas existenciales, religiosos o políticos), desterrando formalidades y convencionalismos. Porque desde luego, no es Dylan un poeta al uso, en él convergen múltiples elementos de la tradición americana, no solo la del folk o el blues, bebe también de autores como Faulkner y asume contextualidad y formas expresivas propias de la Beat Generation, pero sin renunciar a una identidad propia que le convierten en un creador prolífico y polémico, siempre "llamando a las puertas del cielo"


El contrapunto de Dylan en mi biblioteca lo será esta vez una mujer, o mejor dicho, dos, porque después de hacer parada en la literatura americana, al saltar virtualmente el charco me encuentro con el magnífico "Ficciones para una autobiografía", de Ángeles Mora, editado por Bartleby Ediciones, autora que fue Premio Nacional de la Crítica en 2015 y que acaba de obtener el Premio Nacional de Poesía en 2016. 


Pero volviendo a los Estados Unidos, es ahora la escritora Elizabeth Bishop la que concentra mi atención al poder contar con el primer volumen de sus obras completas, enteramente dedicado a su poesía, que acaba de publicar Vaso Roto en su colección "Esenciales", en edición bilingüe y traducción de Jeannete L. Clariond. Me han sorprendido los versos de esta mujer, directos, muy personales, con una temática esencialmente centrada en la dimensión de la existencia y la posición del ser humano en este mundo que le rodea, lleno de preguntas. Otra vez, un libro voluminoso para mis anaqueles, de esos que no se leen ni mucho menos de un tirón, pero que se consultan con frecuencia, que llaman a ser abiertos por cualquier página. Es la poesía de la cotidianidad, de las cosas cercanas, del sentimiento y la conciencia. Muy interesante la reproducción, después de sus obras publicadas, de sus manuscritos inéditos, ilustrados con la imagen de las propias y a veces arrugadas hojas de papel donde la autora plasmó sus ideas, con sus enmiendas y tachaduras,  de su puño y letra, o haciendo uso de una vieja máquina de escribir. Sin duda, una forma de aproximar al lector al peculiar microcosmos de la escritora.