miércoles, 1 de noviembre de 2017

Reflexiones para el día de difuntos

Nada de convenciones ni retahílas. El recuerdo no es patrimonio de nadie. Tampoco de un calendario o de una fecha específica. En estos días, se intenta poner parches al olvido, rescatar la memoria, buscar una reconciliación, siquiera momentánea, con el pasado y su ejército de sombras. El óxido de los dedos delata la perversidad del reloj. Insobornable, el tiempo habla desde sus registros de piedra. Difuminadas las voces, perviven sonámbulas en el océano de los instantes, apagándose lentamente. No visito cementerios el 1 de noviembre, prefiero las fechas anteriores y las posteriores. De hecho, según la tradición cristiana, el día 2 es el que se dedica a honrar a los fieles difuntos. Si el tiempo meteorológico acompaña (últimamente, todo lo contrario), el paseo por el camposanto puede resultar intenso, envolvente, propicio a transportar a otras dimensiones, a otras músicas. La visión de los nichos, de las cruces, siempre me ha traído reminiscencias de Bécquer, de aquella de sus rimas (LXXIII), que relata la frialdad del entierro y las preguntas que el ser humano se formula ante la impenitencia de la muerte: "¡Dios mío, qué solos se quedan los muertos!". No cambia la faz del cementerio año a año, continúan ahí mudas las lápidas, mohosas y arrugadas las flores, aunque por unos días, renueven su apariencia. No tardará en volver a cubrirlas la depresión del silencio, el punzante discurrir de las estaciones. En realidad, todo forma parte de nosotros, devolviéndonos a la certeza de lo que somos. 




viernes, 13 de octubre de 2017

Escapadas literarias en octubre

Las últimas presentaciones a las que he asistido me han deparado un rastro inolvidable. Libros y más libros, visitas a librerías, reencuentros y poemas compartidos. Apenas si he tenido tiempo para ordenar tantas sensaciones. La visita de Javier Sánchez Menéndez a Cáceres, el pasado 6 de octubre, además de propiciar la obligada relectura de sus obras, me permitió coincidir de nuevo con autores amigos como Hilario Jiménez o Antonio Reseco, hilvanar proyectos de futuros encuentros literarios, y descubrir obras como "Y es noche siempre", de la escritora Concha de Marco, que Hilario Jiménez ha preparado y cuidado para la editorial Renacimiento, antología editada con exquisito gusto, y que sin temor a equivocarme, pasa por ser uno de los mejores volúmenes de poesía que han tenido entrada últimamente en mi biblioteca. Más que agradable la sorpresa de encontrar un discurso poético tan coherente e intenso, cercano y bien construido. Una voz que desde luego, merece estar con toda justicia a la altura de sus contemporáneos varones. Bien lo dice el antólogo, es obligado reivindicar la voz de estas mujeres intelectuales, casi olvidadas, pero fundamentales para entender nuestra cultura y nuestra historia. Y es que, insisto, me parece un lujo este libro, imprescindible en estos tiempos de deriva de lo que es verdadera poesía.



Mi visita a Madrid con motivo de la presentación de "Nortes", de Antonio Linares, tuvo el encanto del que se impregnan las cosas breves, el aroma de lo inmediato. Pisar Madrid un lunes, en día laborable, se diría una heroicidad, un capricho, y más aún si la excusa es la presentación de un libro de poemas. Se minimizan las distancias, no hay lugar para la fatiga. Salir del entorno cotidiano para reencontrarse con amigos que comparten idénticas obsesiones, mismas formas de entender la realidad, no es algo a lo que uno esté acostumbrado. En el laberinto de esta ciudad de rutas inabarcables, el desembarco en un océano de libros es parada obligatoria. Y claro está, tras pasar por La Casa del Libro, en Gran Vía, no es difícil intuir la ebriedad de mi equipaje, atestado de nuevos títulos, procedentes de unas estanterías que presentan la poesía como fenómeno de masas, con autores superventas que parecen haber logrado vencer el ostracismo tradicional del género. Son otros sin embargo los destinos de mis búsquedas. Editoriales como "Reino de Cordelia", "Acantilado", "Renacimiento" o "Lastura", ofrecen propuestas que me digno aceptar y nombres, más o menos conocidos, que me brindan un diálogo con el idioma que entiendo merecedor de mis atenciones. No por más pronunciados, Luis Alberto de Cuenca, Adam Zagajewski, continúan de plena actualidad con libros como "Elsinore, Scholia, Necrofilia", o "Asimetría", que respectivamente publican Reino de Cordelia y Acantilado


                 

                 

El primero contiene una poética ya antigua de Luis Alberto, no por ello menos valiosa, en una edición que una vez más, como nos tiene acostumbrados esta editorial, cuida la presentación del texto y el estudio previo de su contenido, tendiendo puentes para una lectura cómoda y accesible. El segundo, constituye un descubrimiento, para quien no se ha adentrado en la obra del escritor polaco, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017. Para terminar, nada mejor que una ojeada a los exquisitos poemas "venezianos" que José María Álvarez, en edición de Alfredo Rodríguez, para Renacimiento, selecciona en el volumen "El vaho de Dios", lujo y culturalismo revisitado que constituye todo un regalo para los sentidos. Un libro más de esos, que como antes decíamos de la antología de Concha de Marco, se antoja necesario. 





sábado, 16 de septiembre de 2017

Inmortal, Miguel Hernández. Sus estancias en Extremadura

Ayer, 15 de septiembre, Correos presentaba su nuevo sello para franqueo, en el Ateneo de Madrid. Tiene su razón de ser si pensamos que el protagonista de ese timbre no es otro que Miguel Hernández, el poeta del que este año se cumple el 75 aniversario de su muerte, y que figura como socio ateneísta, personalidad destacada de la cultura durante la II República Española y voz cuya vigencia no ha cedido ni un ápice en todos estos años. En palabras de Leopoldo de Luis, "cuando la poesía es capaz de expresar sentimientos humanos verdaderamente hondos y no meras reacciones corticales, cuando atañe a sentimientos comunes y no a simples exquisiteces, minoritarias y ocasionales, la poesía perdura". Y es que la obra de Miguel continúa siendo de plena actualidad, pese al tiempo transcurrido, precisamente porque su palabra es sincera y enfrenta sin tapujos la realidad del hombre y de lo que le rodea, tocando la fibra sensible de cuantos lectores se acercan a sus versos. Aunque ya tiene Miguel un sello de correos, emitido en 1995, en la serie "Literatura española", donde se recordaba su poema "El niño yuntero", del libro "Viento del pueblo", compartiendo emisión con Juan Valera y su personaje "Juanita la Larga" ¡extraño maridaje, sin duda!, y multitud de sellos "personalizados" emitidos a instancia de particulares o asociaciones, el sello que se presentó ayer en el Ateneo de Madrid creo que es un acierto y hace justicia a todo aquello que Miguel y su poesía representan. 





Sellos de correos dedicados a Miguel Hernández. En primer término, el que acaba de emitirse, y en último lugar, el publicado en 1995. El resto, emisiones personalizadas. 

Pero cuanto decimos no es sino una excusa para recordar los días extremeños del poeta, sus estancias en estas agrestes tierras, en plena combustión bélica. Llevo investigando sobre este tema en las últimas semanas, también con un motivo filatélico, porque una colección de historia postal sobre la guerra civil española en Extremadura estaría incompleta si no rescata la presencia de Miguel Hernández en la localidad pacense de Castuera, donde habría estado hasta en dos ocasiones, según se desprende del epistolario dirigido a su mujer, Josefina Manresa. El tema ha sido objeto de múltiples estudios, que han analizado fuentes directas, como el periódico Frente Extremeño, 1936-1937, en cuyos números 2 y 3 aparecerían respectivamente los poemas "Campesino de España" y "Viento del Pueblo".  La correspondencia con Josefina Manresa, a través de tarjetas de campaña, está llena de múltiples anécdotas y referencias a su estancia en estas tierras, como la que relata lo ocurrido con el reloj, regalo de boda de Vicente Aleixandre, cuyo cristal perdió en un baño en la alberca, o el calor de aquellos lugares, que era grato al poeta: "duermo casi todas las noches bajo una higuera, fuera de casa". Es imposible conseguir el original de las mentadas tarjetas de campaña, al tratarse de piezas únicas, pero el testimonio de la presencia del autor en la ebullición del frente extremeño ha de tener su sitio en la colección en la que ando trabajando desde hace tiempo. 


Ejemplo de tarjeta postal de campaña enviada durante los años de la Guerra Civil Española en zona republicana. 

De aquellos tiempos extremeños se dice que es la fotografía en la que Miguel aparece, con el puño en alto, arengando a soldados y campesinos, la misma que Joan Manuel Serrat utilizó para ilustrar la carátula de su disco publicado en 1987, con canciones basadas en las letras de sus poemas. Me retiro ahora; volveré a escuchar estos temas, al tiempo que releo los versos de "Cancionero y romancero de ausencias, El hombre acecha, Últimos poemas", en la primera edición publicada en Argentina, en 1963, por editorial Losada. 





BIBLIOGRAFÍA

DE LUIS, LEOPOLDO,  Aproximaciones a la obra de Miguel Hernández, Ediciones Libertarias, MADRID, 1998, página 175).

PECELLÍN LANCHARRO, MANUEL y MUÑOZ RAMÍREZ, FRANCISCO, Miguel Hernández y el frente extremeño. presencia del poeta en Extremadura. Actas del I Congreso Internacional. Alicante, Elche, Orihuela, marzo de 1992 / coord. por José Carlos Rovira Soler, Vol. 1, 1993, págs. 325-328.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Mi reseña íntegra del libro "AQVA", de Hilario Jiménez, para su presentación en Montánchez

En la tarde del miércoles 6 de septiembre he tenido el privilegio de acompañar al poeta Hilario Jiménez Gómez en su pueblo natal de Montánchez, a la sombra de su castillo roquero, y en el corazón de la villa, el Salón principal del Ayuntamiento, para presentar el poemario "AQVA", que hace unos meses publicó la Asociación Cultural Norbanova dentro de su colección "Baúl de Palabras". Ya estuve con él cuando lo presentó en Trujillo, de la mano del genial Luis García Montero, y también cuando lo hizo en Cáceres, junto al poeta y amigo Antonio Reseco. No pude acompañarle en Soria, ¡cuánto me hubiera gustado!, pero es que ahora junto al placer de escucharle, de disfrutar de su obra, he tenido también la responsabilidad de ocupar el lugar que anteriormente tuvieron aquellos grandísimos escritores, ofreciendo las claves para introducir la lectura del poemario, desmenuzando algunos elementos e ingredientes. Confieso que he disfrutado muchísimo haciéndolo, como siempre que se comparte escaño poético con Hilario y se aprende de su magisterio. En nombre de Norbanova, agradecerle una vez más su generosidad e igualmente, la del Ayuntamiento de Montánchez, cuya alcaldesa, María José Franco, también quiso estar presente, contribuyendo con la disponibilidad de medios personales y materiales a la realización de este acto de difusión y promoción de la cultura, y la lectura en particular. 


Un instante de la presentación de "AQVA", en el Salón de Plenos del Ayuntamiento de Montánchez


Transcribo a continuación el texto íntegro de la reseña elaborada para la presentación de "AQVA", esperando sirva para que potenciales lectores se interesen por el libro, y definitiva, se acerquen a la poética de un autor tan grande como Hilario Jiménez. 


“AQVA”: El disfrute de editar un libro transparente.
Montánchez, 6 de septiembre de 2017.

I.- Cuando Hilario Jiménez Gómez nos propuso publicar con la Asociación Cultural Norbanova, aunque ya le conocíamos, y conocíamos su poesía, no podíamos imaginar que el resultado fuera a ser tan enormemente satisfactorio. La gestación de “AQVA” terminó siendo consecuente con el propio contenido del libro y con su planteamiento. Obra que surge, que fluye, que irrumpe con sus palabras, a modo de manantial, y se encarna, tomando los ropajes del papel, que gotea desde su primera letra, impregnándonos con su encanto, con el magnetismo de sus elementos químicos.

Queríamos que “AQVA” fuese un libro distinto, que en su lectura los sentidos tuvieran un protagonismo inmediato, mano a mano con el ritmo de los poemas, que el lector se viera irresistiblemente seducido. Y así, desde el principio, los dedos perciben la humedad, la transparencia de ese líquido elemento cuyas diversas acepciones van intercalándose, página a página, con los propios versos, a modo de verdadero hilo conductor y espíritu vital que modela el mensaje y la energía lírica de la voz poética. Nada más abrir el libro, el lector se zambulle en un juego de colores; los azules del torrente de significados que inundan el lenguaje con sus salpicaduras, la sorpresa de las ilustraciones que prolongan ese azul primigenio, dándole formas, inventando siluetas y sugiriendo transparencias. Entretanto, mientras se suceden con suavidad las páginas, es el tacto el que se contagia de esa cercanía de lo húmedo -río, corriente, mar- que se hacen táctiles, que empapan las yemas. Por fin, el agua va impregnando los labios, alimentando la saliva, cuando el intérprete pronuncia a viva voz los versos, modula y se deja llevar por sus cadencias, sacia su sed al percibir el gorgoteo de las sílabas, el trepidante idioma de las mareas, que con sus brazos terminará envolviéndole. Al cerrar el libro, cuando el papel -afluente- vuelve a la senda de su cauce, los devaneos del agua esparcen aromas a tierra mojada y musgo, a arena y barro. Queda, pervive, la esencia de la poesía; así lo quiso el poeta.  

II.- Al bucear en los versos, descubrimos el completo maridaje entre el agua, como síntesis de vida, y el discurso del autor, donde el amor, la conciencia de la fragilidad, los avatares de la existencia que zigzaguean, enredados en los meandros de la edad, inflaman de mensaje y sentimiento los poemas. Dice el poeta: “recogido en tu abrazo todavía / pienso / que la fugacidad del hombre / descansa en un suspiro /”.

Esta agua de la poética de Hilario Jiménez es cristalina, nítida, permite contemplar sin dificultad su paisaje interior, los pedernales, los rollos que descansan en el fondo. No hay lodo en sus palabras, se sitúan en el momento y en el lugar correctos, donde habita la transparencia, y ello crea vínculos de proximidad con el lector, consiguiendo hacerle cómplice de sus historias. Se comprende fácil cuanto decimos tras la lectura de poemas como “Tu nombre”, deliciosa y romántica evocación al recuerdo de una voz ya durmiente, escrita con el lenguaje del viento, varada para siempre tras la cancela del hermosísimo cementerio de su pueblo, Montánchez. La huella del veintisiete en los textos de Hilario es palpable, y el poeta exhibe su admiración por autores como Alberti, García Lorca, Miguel Hernández, Pablo Neruda… Todos ellos están presentes en el libro y el autor metamorfosea su voz o el sentido del mensaje que pretende transmitir, disfrutando de esa cercanía. En “Ruina”, paráfrasis a Federico García Lorca, aparecen impregnados los versos del surrealismo de “Poeta en Nueva York”, especialmente visible en la última de sus estrofas: “El niño galopa alumbrado por el viento / con el esqueleto de la luna entre sus piernas. / Y su madre atada entre las sábanas / llora vacía tras un espejo estéril /.”  Miguel Hernández respira en el poema que sigue a continuación, articulado en tres partes que interpretan las tres heridas de su poética, una de las composiciones más intensas y rotundas del libro. 

Al llegar al ecuador del poemario, la lluvia que se precipita impenitente sobre la áspera superficie del mundo (ilustración en página 31), también alcanza la fibra de las páginas, los recuerdos del poeta. En “Otoño”, nos transporta nuevamente a un territorio conocido e íntimo, el de su pueblo; es la lluvia excusa para contemplar, a través de los muros del castillo, el inexorable paso del tiempo. Agua fértil de lluvia, crecida del río que marca el dibujo y el aliento de nuestras vidas, con su cotidianidad, sus objetos, sus urgencias, las del amor, sobre todo, en continua búsqueda de lo eterno.

Anticipa Hilario la desembocadura de todas las cosas, el mar como acepción que se aproxima y a donde irán a verter todas las corrientes. Fluye el agua de ese río que se esconde: “…la vida es un suspiro / y se acaba / y que la quiero acabar contigo /”.  Ya los poemas siguientes tendrán sabor a agua salada, y de nuevo a encuentros y ansiedades, las olas y la marea serán las claves en la reflexión del hombre indefenso ante la inmensidad, el que anhela un beso sin tiempo ni retorno. En la poesía de Hilario late como una constante la complicidad del otro, de ese otro amado que es íntimo oleaje, temeroso de la huida del mar: “Ya lo sé, amor; / ya sé que te preocupa que el mar / un día despierte seco…”. El amor pues, siempre, un amor que bebe de los sonetos de Neruda a Matilde Urrutia, de los sinceros versos de Concha de Marco. Porque la poética de Hilario se caracteriza también por eso, por su sinceridad, la que reside en las palabras que se intercambian los amantes, en las caricias que entrecruzan sus cuerpos, indefensos ante el acecho de las mareas.  Solo queda que la vida continúe rigiendo las fases de la luna, que se sucedan los días y las noches, que “que la vida ocurra”, como reza el penúltimo poema del libro, que el hombre se reconcilie con lo que un día fue y redima lo que está por venir.  Entretanto, no podrá faltar la escurridiza melodía del agua, el temblor de la piel al contacto travieso de las gotas.


Cierra el libro (contraportada), la pregunta que el poeta intitulaba “Epitafio”: “¿Por qué el desierto se bebió / todas las aguas del mundo? “. La tierra descarnada es trasunto de la muerte, de los huesos que ya son solo astillas. Y es que, en definitiva, no somos sino agua; lágrimas, saliva, orina, seres líquidos.

viernes, 1 de septiembre de 2017

De vuelta a la filosofía

No he leído este verano todo lo que hubiera deseado. Demasiado tiempo para apurar unas cuantas novelas, alguna de las cuales todavía inconclusa, y eso que ya estamos en septiembre. Quizá eran insuficientes las horas para continuar peleando con el lenguaje y terminar de una vez por todas el que espero será mi próximo libro de poemas. Ahora, parece que esta ardua tarea va llegando a su fin y los casi novecientos versos del poemario empiezan a dar la impresión de unidad que todo trabajo de estas características precisa. Sus futuros lectores serán los jueces que verdaderamente puedan pronunciarse sobre si tantas privaciones y prolongados insomnios merecieron la pena. Desde luego, lo que no podrán obviar será el gran acervo de contenidos, se diría que fruto de una labor más propia de un documentalista, que reside en sus páginas, recién alumbradas por la impresora.  Si como decía, aún me dejé una novela a caballo del cambio de calendario, desde luego ya puedo olvidarme de intentarlo con otra, y todavía menos la que tenía en mente, después de una vuelta por la librería y comprobar sus características. Todo el verano esperando la última obra de Paul Auster, "4 3 2 1", y resulta ser un volumen de esos que llevan incorporado una especie de contrato de lectura en exclusiva, dadas sus perturbadoras dimensiones, no aptas desde luego para un tiempo como el que se aproxima. Así que, tras centrarme durante las pasadas semanas a saborear sucesivos poemarios, como quiera que uno es reincidente, no me sale gratis la visita al librero y al final acarreo unos cuantos más para que me hagan compañía en este otoño, que se anuncia con pocos espacios libres en la agenda. Aún conservo el magnífico regusto que me dejaron libros como "El baile del diablo", de Javier Sánchez Menéndez, poeta que tendremos pronto en Cáceres, para inaugurar la nueva temporada del Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova, o "Educación nocturna", la magnífica antología de Hilario Barrero al cuidado de José Luis García Martín, obras las dos, publicadas por la editorial sevillana Renacimiento.  En todo caso, y como lectura de largo recorrido, he optado por un retorno a letras y textos que hagan pensar, que alimenten el gusto por la reflexión y el conocimiento. Así, elijo el "Ensayo de una filosofía de la proximidad", de Josep Maria Esquirol, que titula "La resistencia íntima", y que publica la editorial Acantilado. Como reza en la contraportada del libro, se trata de un ensayo sobre la condición humana, pero orientado hacia el cuidado de la "proximidad",  en el sentido de cotidianidad, de presencia y calor de los que están cerca. En una sociedad como la que nos contempla y en la que vivimos, va debilitándose poco a poco la meditación sobre quienes realmente somos, sobre la relación que mantenemos con los que nos rodean, se van olvidando las excelencias de la sencillez y la autenticidad. Quizá sea hora de tratar de reconciliarnos con nosotros mismos. 


martes, 15 de agosto de 2017

El poeta es un repetidor

Comenzaba este año redescubriendo a los clásicos, y así dejaba constancia de ello en la primera de las entradas de este blog, recién estrenado dos mil diecisiete. Ahora veo que sigo instalado en una dinámica similar, después de un verano alérgico a playas y piscinas, contagiado de búsquedas, con la mirada puesta en rematar el poemario de nueva factura que me tiene completamente alienado desde hace casi tres años. Cuando ya va atisbándose la luz al final de tantas jornadas de inseguridad y dudas, de íntimas batallas, ando de regreso a territorios de experiencia, a páginas que ofrecen esa garantía en medio del desorden al que uno se siente empujado en medio de tanta marejada literaria. Viajar a Ginebra habría sido solo una excusa para releer a Borges, para desempolvar la poesía de Neruda, que no muy lejos, en la cercana Nyon, vivió la clandestinidad de una turbulenta pasión con Matilde Urrutia, destinataria después de sus "Cien sonetos de amor". He vuelto a sentirme cómodo entre estas páginas, atrapado por su lenguaje y sus historias, a la búsqueda de una atmósfera tolerante con la referida tarea de pulido y rubricado que exige la finalización de todo libro de poemas que pretende ir más allá y hacer olvidable cualquier obra propia anterior. También el cine habría tenido mucho que ver en la creación de ese microcosmos, destinado a ubicar al escritor, a semejanza del náufrago que recala en su isla sin otra compañía que la de sus obsesiones. Un cine de planos interminables, de hipnóticas referencias musicales, donde la acción se desenvuelve a pautadas dosis, donde las imágenes y el diálogo transportan a otras épocas, a travesías personales y artísticas propias de un concepto circular de la historia.  A propósito de ello, me ha sorprendido la reflexión que Vila-Matas hace en el libro "Mac y su contratiempo" y que considero acertadamente ocurrente: "El poeta es un repetidor. Los que no han necesitado más que escribir un libro o ninguno para aprobar y pasar de curso no se hallan como nosotros, todavía obligados a seguir intentándolo". Eso es, continuar buscando esa ruta que efectivamente conduzca a alguna parte. Por eso me he sentido identificado con muchos de los planteamientos argumentales de Borges o con la libertad creativa derrochada a borbotones en los extraordinarios poemas de Poeta en Nueva York, que nunca dejarán de sorprenderme. Siempre habrá tanto que aprender... En palabras de García Lorca"Son mentira los aires. Solo existe una cunita en el desván que recuerda todas las cosas". Su particular "Aleph", acaso, ese punto del espacio que contiene todos los puntos, el infinito todo. 





domingo, 30 de julio de 2017

Crónica sentimental del ferrocarril en Extremadura

Siempre me ha gustado viajar en tren. De hecho, ha sido el medio de transporte que he preferido, por encima de los demás. Por eso me entristece ver lo que está pasando en Extremadura y espero que quienes tengan responsabilidad en ello hagan lo posible para que cuanto antes esta situación cambie radicalmente. Es ésta ciertamente una historia triste, de abandonos y olvidos, en la que el romanticismo de las vías y el traqueteo de los vagones se bajaron hace tiempo en una estación cualquiera. Echaré mano pues de recuerdos y memoria. La primera vez que con claridad me veo a bordo de un vagón en un recorrido a través de la vasta Extremadura se remonta hasta los años setenta del pasado siglo, en un itinerario que ya solo pertenece a la nostalgia. La antigua línea "Ruta de la Plata", discurría siguiendo los pasos de la legendaria calzada romana y unía por ferrocarril Extremadura con el norte de España. Más allá de Plasencia, se escapaba de las lindes extremeñas a través de los montes de Hervás, con Baños de Montemayor como última estación antes de pisar tierras salmantinas. 



Antiguas tarjetas postales (década de 1920), en las que aparecen los trenes que cubrían la ruta ferroviaria más allá de Plasencia y rumbo a Salamanca y el norte de España, atravesando las sierras de Hervás y Baños de Montemayor. 

Precisamente de allí partía mi tren en aquel agosto caluroso de hace más de cuarenta años, rumbo a Cáceres, y yo, en esos vagones de segunda, distribuidos en departamentos, donde las horas de viaje terminaban creando un microcosmos único entre los viajeros, proclive a historias no pocas veces susceptibles de servir como argumento para una iniciar una novela. Recuerdo cuando atravesábamos los "túneles del Tajo", esa laberíntica obra de ingeniería ideada para salvar los accidentes naturales de los ríos Tajo y Almonte, en el punto donde precisamente el segundo se abraza a su hermano mayor, dificultada en suma a causa de los avatares del Pantano de Alcántara, que a finales de los sesenta inundó toda la zona histórica y arqueológica de Alconétar, dejando como únicos testigos la solitaria Torre de Floripes, erguida en medio de las aguas, y el viejo puente, trasladado piedra a piedra para evitar que fuera engullido por éstas, como ocurrió con los otros que antaño marcaban los senderos de la carretera y el ferrocarril, e incluso la antigua estación de Río Tajo. 


Antigua estación de Río Tajo, antes de ser inundada por las aguas del Pantano de Alcántara, ya con las vías del ferrocarril retiradas. 


Torre de Floripes, desde la ruta ferroviaria que atraviesa el embalse de Alcántara, en la actualidad. 

Muchas veces he pasado después por estos mismos lugares y nunca he dejado de sorprenderme ante la visión de este enorme lago interior a través del cual el tren zigzaguea y gira sobre sí mismo varias veces, hasta desembocar en la llanura que conduce a la capital cacereña. Hoy contemplamos cómo se cierran los arcos de los que serán los nuevos viaductos por los que un día habrán de circular los añorados trenes del AVE, pero no sin cierto desasosiego al pensar que ese momento no acaba de llegar y que el recorrido por los meandros del Tajo sigue siendo el mismo que cuando las aguas inundaron estas tierras. Así, mientras entramos y salimos de los túneles, aprovechemos para comprobar si el nivel del embalse deja ver más metros de la vieja torre templaria, superviviente de lo que fuera el castillo de Alconétar.  En todo caso, más allá de Plasencia, vías y estaciones permanecen como testigos del tren que un día abría sus puertas para el tránsito de viajeros y mercancías hacia latitudes más septentrionales, abriendo a su vez las de la propia Extremadura. 



Antiguas Postales (década de 1920), donde vemos la estación de Baños de Montemayor, con los viajeros aguardando la llegada del tren, y los viejos trenes de vapor en su tránsito junto a la hospitalaria ciudad de Plasencia. 

Tras ese primer viaje, a primeros de los ochenta del pasado siglo, subí a otro tren, esta vez con destino Madrid. Eran los tiempos de los trenes "TER", poco después reemplazados por los primeros Talgos, que cubrieron esta línea durante mucho tiempo con una satisfacción y prestaciones que a día de hoy gran cantidad de usuarios echan de menos. Esa ruta y yo terminamos manteniendo un auténtico idilio, personal y literario. Años de idas y venidas, de sentimientos itinerantes, de palabras compartidas. Creo haber subido a bordo de todos los modelos y equipamientos que cubrieron esta línea a lo largo de este tiempo. De todos ellos, ya lo decía antes, me quedo con la eficacia y comodidad de los Talgos, con sus vagones rojo-plata, con su cafetería y sus sándwiches, su película y sus auriculares. He perdido la cuenta de los viajes que hice acomodado en sus butacas, escuchando música o leyendo un libro, mientras avanzaban las estaciones. 


  Antiguo Billete para tren "Ter", en el trayecto Talavera de la Reina a Cáceres, en los años ochenta del pasado siglo. 


Solitaria locomotora en la estación de Cáceres, 
en la década de 1980. 

No faltaron  mis retornos a Cáceres en el único tren que entonces comunicaba las capitales de los dos países ibéricos, aquel "Lusitania Express" que los míticos Coup de Soup convirtieran en protagonista de una de sus canciones y que en el verano circulaba atestado de jóvenes viajeros que recorrían Europa mediante Interrail. Ya hace unos años que también dejó de circular y el tren detiene su recorrido en la estación de Valencia de Alcántara, dejando huérfana una línea que inauguraran en su día los soberanos de ambos reinos, como muestra de sus deseos de cercanía y buena vecindad. Partía el "Lusitania" de Chamartín en torno a las 11 de la noche y pisaba Cáceres pasadas las tres de la madrugada. Aún recuerdo las primeras veces que subí a él, sus vagones con departamentos, el restaurante, casi Orient Express, con su menú hispano-luso, los funcionarios de policía que recorrían el convoy pidiendo la documentación a los viajeros... Vinieron luego otros vagones más modernos, locomotoras de mayor tracción, perdiendo aquel encanto inicial. RENFE mantuvo el servicio "Tren Hotel" desde Madrid a Lisboa pero ya sin pasar por Extremadura. No quiero pensar que pudieran tener la culpa de ello incidentes como el que viví en primera persona, en junio de 2012, cuando el tren colisionó cerca de Navalmoral de la Mata con una res que atravesaba la vía.  



Imágenes del Tren Hotel "Lusitania", el 23 de junio de 2012, después del impacto con una vaca.

No he dejado de utilizar el ferrocarril, pero sí percibo que ese romanticismo que me inspiraba se ha ido difuminando con todos los cambios habidos en estos años. Extremadura se merece un tren acorde con los tiempos que vivimos, que no haga añorar el que un día tuvo, que vuelva a abrir de par en par sus puertas a cuantos viajeros quieran visitarla y disfrutarla, sin sobresaltos ni trayectos interminables, impropios del siglo en que nos encontramos. Larga viene haciéndose la espera. 


Trenes del siglo XIX en la línea que iba hasta Portugal
(tarjeta estereoscópica, hacia 1880).

Todas las imágenes e ilustraciones proceden del archivo personal del autor. 




sábado, 22 de julio de 2017

Historias de libros y librerías

El verano es época propicia para la lectura y también para opinar sobre libros. Muchos podemos por fin disponer de ese ocio tan añorado y que invertimos en devorar aquellas publicaciones que teníamos aparcadas en los estantes de la biblioteca. También es momento para visitar librerías, reconciliarse con viejos autores  admirados e igualmente, dejarse seducir por otros nombres, por otras páginas. En mis días en Ginebra, no olvidé pasarme por sus librerías. Hay de todo, y para satisfacer cualquier capricho, aunque no siempre al alcance de todos los bolsillos. En la ciudad vieja, en plena Grand Rue, se encuentra la librería de viejo por excelencia, la que sería protagonista de un relato o imagen en una película, algo así como la "Shakespeare and Company" de París. En el escaparate, joyas y piezas de museo que no pasan inadvertidas para el bibliófilo. La tentación de conocer su importe me impulsa a entrar e indagar (en francés) a la librera, acerca del ejemplar de "Una temporada en el infierno", de Arthur Rimbaud, al que inmediatamente se me han ido los ojos, edición del siglo XIX en perfecto estado de conservación. Su respuesta, sin demasiada sorpresa, anula cualquier posibilidad de imaginar ese libro entre mis ediciones clásicas de poetas de culto: ¡quince mil francos suizos!... Doy una vuelta por la librería, que ciertamente alberga material de primera clase, no apto para aficionados como yo, y cortésmente me despido con un amigable "au revoir", no sin alabar la calidad de sus volúmenes y pensar que ciertamente, se antojaría inmoral la adquisición de cualquiera de estos libros en un mundo que bulle y se despereza más allá de la inmovilidad de las estanterías. 


Librairie ancienne, en la Grand Rue. En su escaparate, ejemplares de Rimbaud, André Bréton, Maquiavelo...

Bajando hasta la Plaza Bourg du Four, me encuentro cerrada la librería Jullien, otra de las emblemáticas de esta ciudad. Son las 13 horas y aquí los horarios son bien distintos a los de España. No demasiado lejos, sí está abierta la franquicia de Harley Davidson, que sin ser librería, también comercializa el mito, esta vez, el "american road spirit" ligado a tan icónica marca, en un edificio igualmente destacado, con su propio "duende".


Tienda de Harley Davidson, en el edificio donde se encuentra la estatua de Gondebaud, rey de los borgoñones, instalada en 1957. 

Pero no abandonemos el itinerario de las librerías. En él cabe destacar sin duda "Le Parnasse", en la Rue de la Terrassière. Su dueño, Marco, italiano afincado en Ginebra, es muy amable, y habla un francés muy fácilmente inteligible. Hablamos de poesía suiza, de autores ginebrinos, de literatura española. Me cita a Borges, y recuerda que junto a él, en el Cementerio de Plainpalais, reposa la escritora, pintora y prostituta Griselidis Real, de la que me muestra un libro. Le respondo, también en un francés estereotipado, que me había sorprendido su tumba junto a la del escritor argentino y que no sabía de quién se trataba. Me dice que de España, le gusta mucho Vila Matas, y de hecho, en el escaparate tiene varios de sus libros. "Mac y su contratiempo" precisamente es de los que me aguardan en estos días de verano. Marco tiene su versión en francés y me insiste en que el autor barcelonés es uno de sus favoritos. Finalmente, elijo la poesía y adquiero dos de los libros que el librero me recomienda. Uno es el premio de la Asociación de Escritores de Ginebra, en formato muy "Colección Adonais", el otro me recuerda a las ediciones de la editorial sevillana "Renacimiento". Leer poesía escrita en un idioma extraño no siempre es tarea fácil. En francés me resulta más cercana, pero no por ello no tendré dificultades. 


Para leer poesía en francés.


Tumba de la escritora y prostituta Griselidis Real, junto a la de Jorge Luis Borges

Pocos metros más allá nos topamos con una librería dedicada exclusivamente al cine. Tiene de todo: pósters, postales, películas, bandas sonoras, y por supuesto libros. Reconozco el de André de Dienes sobre Marilyn Monroe, que tengo en mi biblioteca. Mucho material sobre Audrey Hepburn y Charlie Chaplin; es lógico, vivieron mucho tiempo en Suiza y aquí quisieron quedarse. Termino mi recorrido cerca de donde se encuentra la singular escultura dedicada a la criatura de Frankenstein, que la escritora Mary Shelley imaginó precisamente durante su estancia en estos parajes, en la mítica "Villa Diodati"


Frankenstein, en la ciudad que le vio nacer. 

Una última librería en el Boulevard Georges Favon nos devuelve a esa mixtura entre el libro "de viejo" y los últimos productos editoriales. Mucho material, muchas mesas y anaqueles, García Lorca y García Márquez traducidos al francés. De nuevo Vila Matas ocupando un lugar prominente en el escaparate. Algún otro libro incrementará el peso de mi equipaje, no exento ya de otros títulos que han querido veranear conmigo. "El baile del diablo", de Javier Pérez Menéndez, preside mis propuestas poéticas. 


Más que recomendable, el último poemario publicado por Javier Sánchez Menéndez, libro de cabecera en estos días. 

No dejé atrás a Norbania, con todo su universo de autores y contenidos. Quise que me acompañara en la visita a la mítica casa donde Lord Byron y sus amigos dieron rienda suelta a sus efluvios creativos. Dicen que algo siempre queda. 


Con Norbania 7, en Villa Diodati.